La gente subsiste levantando su vivienda precaria en tierra de nadie y rápido crece la favela. La autoridad consiente y la represión es puntual limitándose a incursiones de castigo. Con aparente espontaneidad un espacio se puebla hasta el hacinamiento y se tolera porque es en realidad un gueto. Allí los que no tienen nada pueden mal que bien, vivir. Están apartados del resto de la ciudad por razones de higiene social. En la nueva barriada no hay agua corriente, no hay ley. La autoridad, con la excusa de hacer de ese caos un lugar habitable, pone, al fin, las tan reclamadas infraestructuras y se inventa unos juegos olímpicos o una campaña humanitaria para imponer su orden. Expulsa a los desheredados, encierra o asesina a los que se oponen. Nace un nuevo barrio que legislar, un nuevo territorio conquistado, pulcro, gobernable y libre de espontaneidad. Ese lugar no era para construir. Sin la favela el ayuntamiento nunca habría podido urbanizar ese espacio. Los supervivientes expulsados son arrastrados por la necesidad a la formación de un nuevo guetto y en otro sitio empieza la historia. Esta forma de poblamiento y urbanización, descrita por Mike Davis en su libro “Planeta de Cuidades Miseria” puede servirnos de metáfora sobre la formación de un territorio de gobernanza en el espacio virtual. Aquí se plantea la hipótesis de que los poderes fácticos están generando un nuevo espacio social en el que podrán gobernar con mucha mayor eficiencia, y que para hacerlo comenzaron con cierta permisividad, para que la gente se acomodara huyendo del desierto cultural y la soledad alienada del consumismo. Ahora que ese espacio virtual forma parte de nuestro espacio vital, es el momento de imponer su proyecto. En el fondo es mero urbanismo pero de un espacio simbólico hecho de imágenes y conceptos.
En el pasado siglo, el siglo del consumismo, la gestión de la propiedad y del deseo a través de herramientas como el marketing dio lugar a una forma de dominio basada en la insatisfacción. La obsolescencia programada, ya sea a través de la caducidad del objeto, ya sea por desfase o por moda, sirvió para convertir al propietario en usuario. Usuario de bienes caducos que tenía que actualizar el pago para garantizar su posesión. El consumismo se instauró de forma “positiva”, eran cosas deseables, muchas de ellas superfluas. Se convirtió en un modo de vida en países llamados desarrollados porque en ellos el capitalismo era avanzado. La gente era infeliz o se sentía sola en una maraña de objetos que la definía. Ser era tener para el ciudadano integrado de antes de “la crisis”.
Entonces, cuando la propiedad había alcanzado tal poder simbólico que se consumía su imagen –véanse las marcas comerciales como nike- comenzó una nueva vuelta de tuerca en la que la vida social se realizaría en un mundo de imágenes. Ese nuevo territorio, lo virtual, empezó a ser ocupado con la permisividad del poder y la participación de algunas de las empresas multinacionales que lo forman, no por falta de visión o por falta de capacidad, sino como parte de un proyecto.
Distinguir dos bandos es útil para preveer acontecimientos. De un lado los que construyen desinteresadamente Internet como territorio de libertad, compartiendo su conocimiento e implementando y usando la red como plataformas de encuentro y colaboración espontánea. Un espacio de creatividad abierto, un nuevo mundo infinito en el que pueden macerar los proyectos y las ideas, una herramienta revolucionaria de transformación del mundo a la vez de un mundo en sí mismo, para este bando red significa conexión, sintonía, colectivismo sin pérdida de individualidad, una especie de revolución cultural con un amplio componente lúdico.
Para el otro bando la Red es eso, una red. Es un espacio donde es posible el espionaje automático y la ingeniería social fina a través del seguimiento en tiempo real del comportamiento y el pensamiento de todos y cada uno de los que entren en él. Este control se puede realizar sin apenas mediadores humanos, ganando eficiencia y efectividad, con robots programables, sin humanidad. Pero esto no es lo más importante: imponiendo su ley en el espacio de la Red, quien controla el espacio controla el movimiento de quien lo puebla. Pueden moldear con sutileza el comportamiento de la gente, ya no como masas sino a nivel individual e íntimo. Lo que han aprendido con el marketing –la manipulación de masas- pueden aplicarlo individualmente, y no sólo en contenidos que pueden promocionar desde los medios de comunicación de masas, sino mediante el control mismo de las formas de relación y de la formación de grupos. La página de Facebook, por ejemplo, impone una forma de hacer vida social egóica y superflua, de seguidores. Genera un sesgo en la forma de conocer el mundo y relacionarse en el que el mapa ocupa el lugar del territorio, desde su misma arquitectura simbólica, sitios como éste modifican la concepción del mundo y la forma de relacionarse de millones de personas.
Se puede ver cada paso de evolución del mundo virtual como una partida de ajedrez más o menos consciente entre éstos bandos en la que sacrificar una pieza puede ser vital para ganar la partida. Por ejemplo, a la red 2.0 se le contrapuso la cultura de la adscripción. De blogs con contenido e interés común, de comunidades creativas, la tendencia cambió a la medición de cantidad de seguidores y en campañas puntuales, la adscripción sin acción ni reflexión conduce a la mera opinión. El buen jugador de ajedrez prevé movimientos y piensa estrategias, ha de tener en cuenta las trampas e inventar, hay que inventar.
Hay una batalla en marcha y no soy en absoluto pesimista, la gente tiende a asilvestrarse cuando se le deja en paz. Pero hemos de tener en cuenta el proyecto distópico del poder a la hora de dejarnos llevar por presuntas revoluciones que pueden funcionar como una trampa. Lo que llaman la nube es un ejemplo.
Cuando era chaval creía que el sistema de explotación acelerativa del capitalismo colapsaría necesariamente por falta de recursos materiales. Entonces vi nacer ante mis ojos el mundo de lo virtual. Los juegos de ordenador antes disfrutados por una minoría tachada de infantiloide pasaron poco a poco a ocupar el tiempo libre de los ciudadanos integrados que usaban la consola como la ropa deportiva o el perro, “porque era lo normal”. Y los mismos que en su día creían que Internet era de tíos raros ahora actualizan apresuradamente su cuenta de Facebook para enseñar las fotos de su último viaje. La industria del videojuego sobrepasó el cine. La conexión a Internet y la propiedad de consolas y videojuegos, móviles, conexión telefónica, etc, cuestan muchos recursos. Tanto como la luz o el agua. Y con el tiempo se hace tan necesaria como éstas. Eso no es una revolución cultural, es una evolución del capitalismo solucionando el problema de los recursos limitados. Ahora puede seguir girando la rueda sin gastar más materias primas que unos cuantos programadores mal pagados y algunos ordenadores. Y ese es el post-consumismo de los países post-desarrollados: trabajar por un sueldo de mierda a cambio de unas líneas de código y conexión a Internet, o el derecho a ver un canal de la televisión, o un teléfono con más megas de velocidad. ¡Se ve normal pagar por velocidad de transferencia de la información! De pagar por caprichos hemos pasado a pagar por facturas sin nada tangible a nuestro alrededor.
El siguiente paso es la nube. No tener nada de información en la terminal propia sino en el éter del ciberespacio. Si la nube se instaura se dará la circunstancia que el FBI –como ha pasado hoy con los usuarios de Megaupload- pueda dejarnos sin memoria. Sin fotos, ni juegos, ni este texto, por ejemplo. Podrán quemar millones de libros con un click, como pasó a Amazon cuando retiró de todas las terminales de su Klinde todos los ejemplares de “1984”. El suceso de hoy delata las debilidades de nuestro bando. No poder hacer nada sin la mediación de una multinacional de las comunicaciones es una de ellas. Otra es la de no construir una cultura que de verdad esté al margen del poder. Internet es en gran parte un altavoz de los poderes fácticos que siguen teniendo gran parte de la iniciativa sobre la que sólo se puede reaccionar.
El bando humano no es para nada pasivo. Inventa y lo hace con un poder que impresiona, pero ha de cuidarse de regalos envenedados y tomar la iniciativa.


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