Imaginen un local de esos en que nunca es de día, donde daimones y humanos daimonizados no dejan de alborotar. Unos se pelean, otros hacen guarradas, otros cantan blues. Unos pocos, los muy buenos, se pelean, hacen el guarro y cantan blues a la vez. En fin, imagínense el alboroto.
Un demonio de cuernos rojos se se abre paso nerviosamente. Arrastra el portátil medio oxidado al que está encadenado por todo el local llevándose alguna que otra bofetada. Tom Waits descansa en la barra adivinando en el reflejo de los espejos una futura molestia. Es Tom Waits, pónganse en situación:
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El pobre bastardo se acerca al gran Tom Waits, abre su ordenador con conexión wifi -Tom Waits gruñe- y le ruega permiso para poner unos vídeos caseros que unas chicas parisinas han colgado en Youtube. Tom Waits le clava la mirada y perdonándole la no-vida, asiente.
Y cuando el ukelele comienza la añoranza, Tom Waits dice sin levantar su voz (él, por mucho que grite, nunca levanta la voz):
- “¡silencio!”
Y todos los seres del submundo callan y escuchan. Para cuando ha terminado esta versión perfecta de Green Grass, Tom Waits sonríe con renovada fe y otro ángel se ha ganado las alas. Es el milagro, otra vez.
Un absurdo del que se nutre el ecologismo digerido que promueven los medios de comunicación es la idea de que la raza humana mancilla a la naturaleza destruyéndola. Esa premisa sirve de corolario romanticón a la falacia del progreso. El ecologismo es digerido así hasta transformarse en una versión descafeinada de naturismo, desplazando el centro de su práctica de la búsqueda activa de la armonía individual con la naturaleza a la lucha por la sostenibilidad de una industria omnipotente en un ecosistema en decadencia.
Esa dicotomía hombre-naturaleza los separa artificiosamente hasta convertir al humano en una plaga mortal. El ecologismo que nos vende el poder sólo aspira a una convivencia tensa, casi de guerra fría entre el hombre y su medio olvidándose del ejercicio de la unidad del hombre con la naturaleza que es el naturismo. Ha sido contaminado por el Malthusianismo y el catastrofismo hasta convertirse en una ideología apocalíptica y su praxis se ha limitado poco más que a promover el consumo responsable – la misma palabra consumo viene del verbo consumir, gastar o destruir. Nada más lejos de la naturaleza que consumir-. Esta idología nos condena a ser la imagen de una máquina, un hombre que consume naturaleza. Al acotar su crítica a la temática ambientalista deja de abarcar las causas de su problema perdiendo su razón de ser. Llegando la perversión a tal punto que tomar parte por el ecosistema frente al hombre, una traición al género humano que debería contentarse con el hecho de que incluso si ocurriera ese anunciado desastre ambiental, no sería para el ecosistema mas que un punto de inflexión hacia un nuevo equilibrio. La naturaleza siempre gana. Gaia perdurará tras el ser humano como perduró tras los dinosaurios y todo lo demás.
Insisto en todo esto porque me parece que en esta sociedad postrada la única responsabilidad que se le otorga al hombre -que es casi como decir que la única consecuencia perdurable del ejercicio de su voluntad- es la de preservar el medio ambiente para las generaciones venideras a través del consumo responsable.
Se puede hallar la paz escuchando el ruido del viento sobre el campo, y también haciendo con las manos y unas pocas herramientas una silla o una puerta. Nos nutrimos de esa armonía y de su recuerdo tanto como del aire o la comida. Esa plenitud es ser, ser de verdad un ser humano auténtico. No son necesarios miedos apocalípticos para reconocer esa autenticidad como un elemento indispensable para el ser humano. Que nuestros hijos tengan oportunidad de poder de verdad ser es nuestra responsabilidad.
A todo eso alude el principio de responsabilidad de Hans Jonas:
“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”
Un árbol caído en medio de un bosque de una estepa lejana piensa, sorprendido, cómo le puede haber pasado eso a él si ningún humano estaba mirando cuando el rayo le dio de pleno.
Mucho más abajo, un demonio atormenta con obligatorias lecturas de libros de autoayuda de infinitas páginas a quienes creían que perdonarse a sí mismos les eximía del castigo.
Y en todo el mundo, a quienes insisten en que su voluntad puede imponerse a la realidad misma, la misma realidad -un daimon paciente-, les enseña una y otra vez, de formas imaginativas y crueles, que no la han entendido muy bien.
A quien me llame inconstante a mí, que nunca he terminado nada, le digo que es falso, pues siempre que he emprendido algo he tenido la precaución de que ese camino sea infinito o inabarcable o he puesto mucho empeño en empezar otra cosa antes de agotarlo.
Y a quien me diga que no haber terminado nunca nada es un signo de estancamiento, le contesto que, muy al contrario, todo lo que empecé sigue en marcha y que toda meta ha sido principio.
La modèle. Fotografía en papel de albúmina, 1870. Colección Roland Villeneuve, París.
La modelo posa. Parece una estatua griega, fuerte, orgullosa. La muchacha está relajada, serena, es muy joven pero ¿qué haría el paso del tiempo en ella sino aumentar su porte? El tiempo no le afecta, ni la edad. Su cuerpo es tan natural como una planta silvestre o un río.
¿Qué ha pasado? ¿qué ha hecho cambiar el canon de belleza desde la modelo de la foto a las de hoy?
Recuerdo unas jornadas sobre anorexia que organizó una universidad. Los asistentes llenábamos una sala considerable, estudiantes y terapeutas preocupados por la gente que sufre de esa extraña disciplina ascética. En una de las charlas, un ponente trató de defender sin mucho éxito a las empresas que se lucran vendiendo una imagen del cuerpo femenino enfermizamente delgada. Repetía un único argumento hasta la desesperación: “la publicidad a la que las empresas recurren para vender sus productos sólo se hace eco del gusto de la población. Si utiliza una imagen insana del cuerpo es porque la sociedad está enferma. Las imágenes de los anuncios sólo son un reflejo de esa enfermedad”.
Su fracaso fue estrepitoso, su argumento no convenció a casi nadie, y en la ronda de preguntas el resto de ponentes del mundo del periodismo que se sentaban en su mesa acabaron entonando, por turnos, el mea culpa, ¡qué hipocresía!
Para mi sorpresa, la mayoría de los oyentes (salvo uno que terminó marchándose airado) veíamos evidente que la publicidad se utiliza para crear las necesidades y generar un mercado, un estándar de lo deseable a la medida de la industria. Los terapeutas del público hablaron de su día a día y acusaron a la publicidad en general de imponer un ideal insano del cuerpo femenino. Recuerdo especialmente que uno habló de Marilyn Monroe, el modelo de belleza de su época. Muchas mujeres podían ser como ella, era un cuerpo posible, un ideal alcanzable. Ahora, lo que la industria pretende imponer es una fría delgadez extrema y grandes pechos, algo prácticamente imposible sin hambre y cirugía. Se trata de que el modelo de belleza sea inalcanzable, que la felicidad sea imposible para que la mujer se esfuerce eternamente en un mundo de frustración y consumo.
Pero la belleza, como el arte, no es patrimonio de nadie. Lo hermoso nos sobresalta y las modas pasan.