Imaginen un local de esos en que nunca es de día, donde daimones y humanos daimonizados no dejan de alborotar. Unos se pelean, otros hacen guarradas, otros cantan blues. Unos pocos, los muy buenos, se pelean, hacen el guarro y cantan blues a la vez. En fin, imagínense el alboroto.
Un demonio de cuernos rojos se se abre paso nerviosamente. Arrastra el portátil medio oxidado al que está encadenado por todo el local llevándose alguna que otra bofetada. Tom Waits descansa en la barra adivinando en el reflejo de los espejos una futura molestia. Es Tom Waits, pónganse en situación:
.
.
El pobre bastardo se acerca al gran Tom Waits, abre su ordenador con conexión wifi -Tom Waits gruñe- y le ruega permiso para poner unos vídeos caseros que unas chicas parisinas han colgado en Youtube. Tom Waits le clava la mirada y perdonándole la no-vida, asiente.
Y cuando el ukelele comienza la añoranza, Tom Waits dice sin levantar su voz (él, por mucho que grite, nunca levanta la voz):
- “¡silencio!”
Y todos los seres del submundo callan y escuchan. Para cuando ha terminado esta versión perfecta de Green Grass, Tom Waits sonríe con renovada fe y otro ángel se ha ganado las alas. Es el milagro, otra vez.
.