Era una tarde gris y esperaba el autobús en una de esas grandes vías que no son mas que una autopista que pasa por medio de la ciudad.
Un perro vagabundo trataba de cruzar la avenida llena de coches circulando a toda velocidad. Traté de impedírselo con gestos y gritos, pero no me hacía caso. Busqué una piedra, algo para tirárselo y espantarlo fuera de ese sitio peligroso, pero no encontré nada. Nada que tirarle. Lo único que podía lanzar era una moneda. No había piedras, ni ramas, ni cosas sueltas. Todo era asfalto, cristal y hormigón aferrado, inamovible. Mis pies no pisaban tierra. Yo no podía manipular nada, nada que no fuera conforme al uso establecido.
Para un primer acercamiento a la idea de normalidad, echo mano de la real academia de la lengua española. En sus tres primeras acepciones, las que no se refieren a la geometría, dice así:
“normal.
(Del lat. normālis).
1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2. adj. Que sirve de norma o regla.
3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.”
Una mezcla conveniente de estos tres puntos nos dará una idea sobre cómo se manipula el mundo a través del control de la normalidad, hasta el punto de sorprendernos viendo como único posible algo que en otro tiempo, o con desde otro punto de vista podría considerarse de lo más absurdo.
Mezcla a partir de “Requiem for Anna”, una canción versioneada por Portishead con fragmentos de la película “la Vie Nouvelle” protagonizada por Anna Mouglalis.
Cuando el segundo avión chocó contra la torre todo el mundo lo vio en directo desde su salón. Los guionistas de los medios de comunicación unidireccional lo llamaron 11-S. Cualquiera pudo contemplar aterrorizado gente lanzándose por las ventanas de un rascacielos, imágenes breves de tiroteos en distintos sitios y noticias confusas sobre varios aviones más que se dirigían hacia nuevos objetivos.
Tal vez fue así como iniciaron la cultura del shock, con un susto que, lejos de despertar la adormecida imaginación del hombre moderno y sacarla del sueño gris de la era del consumo, la metió en lo más oscuro de la madriguera donde abrazó todavía más fuerte el televisor fantaseando con un espectacular final de la humanidad.
Los guionistas de las series de TV y después los del cine, siguieron desarrollando esa pesadilla inconsciente explotando al máximo ese shock inicial convirtiéndolo en rito fundacional de un nuevo orden basado en el miedo.
Ahora una película se sale de la corriente anterior y, lejos de la propaganda promete la realización de ese deseo de muerte que los magos que trabajan para el sistema tan bien han sabido manipular. Se llamará Monstruoso, aunque en un principio, en una campaña de márketing viral se presentó por la fecha de su estreno: 1-18-08. Las técnicas de manipulación emocional son similares, pero se ejercen aquí no para justificar guerras ni para empobrecer nuestra vida, sino más bien para que disfrutemos con esa fantasía oscura que es la destrucción, el miedo de presenciar el fin del mundo y la profunda sensación de estar muy vivo que nos invade ante su contemplación. Una catarsis necesaria.