Quien sigue el Tao de la Marcheta vive eternamente.
Quien corre detrás de una zanahoria no encuentra la felicidad, como mucho, la zanahoria.
El que quiere dominar su vida corre el riesgo de conseguirlo.
El que vive en el futuro, no estará allí cuando ese momento haya llegado.

 

En la oficina todo era frío y silencio. Lentamente el anfibio tomaba toda vida a su alrededor, absorbiendo el aliento de sus últimas víctimas. Su piel verde oscuro de manchas amarillas lo identificaba como un ser venenoso por contacto.

Yué lo observaba con detenimiento; “no precipitarse, no esperar” solía decir su maestro. Su nariz, de más de veinte centímetros de larga, sus rasgos agresivos y burlones, sus alas negras, las garras de sus pies, su sable ninjato, todo era movimiento en la quietud. Aquí en París, un observador que pudiera soportar la contemplación de la escena vería a Yué como un monstruo que acecha a otro monstruo. Pero cualquier aficionado a los cuentos japoneses o a las artes marciales, sabría que ese soberbio ser alado era un tengu.

Estatuas de tengus por Blue Lotus

El Tengu disfrutaba de la escena de lucha desde antes de que ocurriera, inmerso en ese estado de perfecto presente que alcanzan los guerreros en el éxtasis. Lo hizo en un sólo movimiento: clavó la espada en la parte baja y trasera del muslo izquierdo de la criatura, sacó el cable del mango y lo enrolló sobre su cuello ahogándola con un giro cuyo impulso le daría la fuerza suficiente para romper la ventana del piso 50 de aquel rascacielos de La Defénse.

Yué sólo había volado unos metros cuando el monstruo, ahogado por el hilo irrompible de nylon, tiró de ella en su caída hacia el negro vacío. Antes de soltarse y desaparecer en la noche, aprovechó para disparar varias veces entre risas burlonas sobre ese aspirante a demonio.

Cuando la bestia golpeó el suelo ya no tenía forma concreta de humanoide, era más bien una mancha inerte y lamentable sobre el asfalto roto.

Vista de la Vía Láctea desde un lago seco en el Parque Nacional del Valle de la Muerte, EEUU. En la fotografía panorámica de 360º la vía láctea se ve como un arco.

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A la derecha de la fotografía y en primer plano se distingue una roca con un surco. Es una de las piedras que se deslizan por el lago dejando un rastro en el suelo cuando nadie las ve. Da la sensación que en ese paisaje tan fuera del tiempo, la vida mineral es tan animada que sus seres toman conciencia y echan a andar.

Querido Profesor. He seguido su brillante carrera sin sorpresas y con orgullo. He conseguido su correo electrónico porque usted es un personaje popular.
Le escribo para darle la razón y pedirle consejo. Supongo que usted sabía que llegaría el día en que yo me quitaría el sombrero ante usted, y así lo hago (aunque el sombrero me lo robó un mono y ya no hay forma de que me lo devuelva, Así que me descubro ante usted y afirmo “la percepción subjetiva puede ser identificada con la realidad hasta el punto de cambiarla”. Aunque creo que soy demasiado orgullosa para encajar tamaño cambio paradigmático con entereza. Es en eso en lo que le pido consejo. Entiendo que mi nueva realidad no es la única, pero la realidad que he abandonado fulminantemente ya no me parece cierta. Exacto, creo que me estoy volviendo loca, y no me apetece. Mi nueva visión no tolera la antigua, la relega a un papel secundario, si le resumo mucho podría decirle que ahora lo que antes era real se puede definir como las consecuencias de lo que ocurre en mi nueva realidad, en el mundo real luchan espíritus y chamanes unos contra otros, provocando y curando todo tipo de desgracias, es un mundo muy conflictivo y peligroso, y yo ya no estoy fuera. Como verá esta iluminación de la que usted antes hablaba no es siempre positiva para quien la sufre. Yo habría dado lo que fuera por que nunca se hubieran abierto mis ojos a este extraño mundo, con ello tampoco quiero dar una idea sesgada de mi nueva forma de conocer, una inmensidad maravillosa llena de fuerzas me deslumbra, y la muerte ya no me asusta tanto. Necesito sentir con más aprecio su visión, pues la mía está tan sola que se está transformando en una prisión. Espero noticias de usted, mi querido profesor.

Svetlana Iromak. Centro Social Antonio Abad-Aguas del Chilo. Ciudad de Bogotá.