Podemos ¿qué?

•16 Jul 14 • Dejar un comentario

He percibido “el pequeño terremoto” de “Podemos” en mi realidad más inmediata como un fenómeno un tanto alucinatorio. ¿Un tertuliano?

El día de las elecciones voté –como muchos- no para hacer emanar la fracción de la voluntad del “pueblo” que me corresponde vertiendo mi libre albedrío, como en un sacrificio, al tótem de un partido, sino por si ganaban unos que fueran menos malvados y dieran freno a la “Revolución Neoliberal”, que creo que es una tendencia económica y no una fuerza de la naturaleza como dicen que es el Cambio Climático, cosa en la que, dicho sea de paso, tampoco creo y no por ello soy mala persona, os lo juro. Por ello no.

Desprecio la farsa política heredada del franquismo tutelado por el poder económico y me entran ganas de morder los camales de los teóricos, sean becados o no, que hablan de “comunidad” “obrero” o “pueblo” dándoselas de élite planificadora. Los periódicos apestan tanto que no sirven ni para envolver mierda y no creo que en la “democracia” actual se legitime nada por las urnas: un sistema donde el único poder del ciudadano es delegar su poder en otros no es una democracia. Creo que la crisis está instituída por el poder económico para macerar la indefensión y cocinar el malestar y no para activar las conciencias dormidas del “pueblo” sino para un nuevo plato del chef en el que los ingrendientes somos nosotros. Desprecio incluso más el pensamiento catastrófilo de los que piensan que el sistema ha de ser asolado por una plaga para que luego crezca de nuevo la humanidad primigenia con la que fantasean hasta el punto de que se alegran de divisar a los titantes por que sueñan con que les allanaran el terreno a su nueva sociedad.

En fin, me muevo intentando no pisarme a mí mismo, que no es poco. Y en esas entro en el colegio electoral apestando a toda esa mística de “libertad, sin ira libertad” que tiene algo de recuerdo infantil, cojo mi voto pensando en lo que he escrito antes y me encuentro en otro montón unas papeletas con la faz de Pablo Iglesias, líder indiscutible del movimiento sin líder. ¿Tiene gracia? Una nueva vuelta de tuerca, la ideología ya no necesita vestirse con ideas, sólo deja la imagen de una marca. Dentro de unos años sólo habrá que arrastrar su foto en una pantalla hasta un icono de un pulgar hacia arriba.

Me esfuerzo de verdad en creer en la buena voluntad de esa cosa llamada “Podemos” y me gustaría que al menos este fin del bipartidismo sirviera para algo mejor de lo que hay y que menos gente lo pasara mal. Daba por hecho sin pensarlo demasiado que era un plagio “yes we can” de Obama, solo que con menos medios. Pero llama la atención, incluso parece una broma  de los poderes fácticos, que un tertuliano desde un canal de TV propiedad de Berlusconi abandere el descontento “antipolítico” en España mientras que un humorista haga lo propio en Italia. Si “Podemos” será una herramienta contra el proyecto neoliberal que utiliza sus empresas mediáticas contra los intereses de éstas o sirve de vacuna que sesinfle una reacción de la izquierda antes de que nazca es algo que veremos en el futuro. Depende de sus decisiones políticas. Pero que estén aupados a hombros de las empresas mediáticas de Berlusconi es cuanto menos peligroso y apesta.

Pero el motivo de este texto es un artículo que Iñigo Errejón, doctor en Ciencia Política y responsable de la campaña electoral de “Podemos” ha escrito para Le Monde Diplomatique. Se llama ¿Qué es Podemos? y esboza el pensamiento estratégico de la campaña de su partido. Lo que viene es una crítica a su visión de la política. Copio el artículo, reseñando después lo que me parece destacable para mi crítica.

Después cuestiono su legitimidad teórica: si “Podemos” es lo que creo que su líder de campaña dice que es, tenemos un nuevo problema en el paisaje político.

¿Qué es Podemos?

 

En España, el descontento, en aumento con las medidas de ajuste y con el secuestro de la soberanía popular por los poderes oligárquicos, había dado lugar a un ciclo de protestas y de creación de espacios de cooperación social, aunque sin producir efectos en el sistema político y sus equilibrios internos. El bloque de poder dominante ha sido capaz hasta ahora, pese a sus dificultades y a su crisis de hegemonía, de conducir el proyecto de ajuste (que no debe confundirse sólo con sus medidas económicas sino también con un horizonte político: modificar el Estado en un sentido de estrechamiento oligárquico y también de una gobernabilidad postpolítica que reduzca lo discutible al interior del sistema) y recortando la capacidad contractual de los subalternos a su interior, avanzando a la ofensiva sobre el pacto social de 1978. La solidez de los aparatos del Estado y administrativos ha asegurado que ninguna “irrupción catastrófica” de protestas haya podido –más allá de loables éxitos locales– cortocircuitar las políticas de empobrecimiento y revertir el proyecto del saqueo del país y sus gentes. Así, los comicios del 25 de mayo ocurrían en un momento de reflujo de la movilización social. Entre gran parte de la izquierda hacían mella las hipótesis más pesimistas, a pesar de la rapidez de la pérdida de credibilidad de las elites políticas y las principales instituciones del sistema político. Junto a la crisis social y de legitimidad, el otro rasgo crucial del momento es el de la expansión de un descontento inorgánico, transversal y que no se expresa en los códigos de las identidades políticas tradicionales, en medio de una sociedad civil en general desorganizada, de una ruptura de los lazos comunitarios y de varias décadas de retroceso de los valores de cooperación social. Un ánimo destituyente, así, difuso y fragmentado.

Cuando este párrafo habla de un contexto de “expansión de un descontento” “inorgánico” y “transversal”, en una “sociedad civil en general desorganizada, de una ruptura de los lazos comunitarios” “con un ánimo destituyente, así, difuso y fragmentado” viene a decir que el “rasgo crucial del momento” es que existe un descontento borroso en una sociedad descompuesta animada de una forma difusa a destituir un poder ilegítimo.

En este contexto, las elecciones europeas estuvieron presididas por una lógica doméstica y así deben leerse sus resultados: predominaron los temas de política española y el voto se expresó en clave estatal. El primer y más importante dato es el descalabro de los dos partidos dinásticos: el Partido Popular (PP) ganó las elecciones pese a perder 2,6 millones de votos, mientras que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) perdía 2,5 millones de votos, siendo su crisis un elemento central, si no el fundamental, de la crisis del régimen de 1978. Los dos principales partidos se dejaron 30 puntos de apoyo popular y pasaron de sumar el 81% en las elecciones europeas de 2009 al 49% en estas. Por primera vez, los partidos del turno, juntos, no alcanzaban ni la mitad de los electores. El juego de vasos comunicantes que oxigenaba el sistema político protegiendo los consensos centrales se colapsó y el desgaste de uno no lo capitalizó el otro. Esto es un hito histórico que reconfigura el escenario político. En Catalunya ganaba las elecciones Esquerra Republicana (ERC), con un voto anticipado proindependencia, y el abanico del sistema de partidos se abría notablemente: Izquierda Unida (IU), en coalición con otras formaciones, alcanzaba el 10% del voto y 6 diputados.

La noticia, sin duda, fue la irrupción de ‘Podemos’, una formación creada tan sólo cuatro meses atrás con el objetivo de “convertir a la mayoría social golpeada en una nueva mayoría para el cambio político”, que obtuvo 1.250.000 votos, el 8% del total, colocándose como cuarta fuerza del país (tercera en algunas regiones como Madrid con el 11%, o Asturias con el 13,67%). Sus votos parecen haber venido de sectores muy diversos: abstencionistas, votantes tradicionales del PSOE y de otras formaciones, algunas difícilmente imaginables para una rígida aritmética ideológica. Sociológicamente, desafiando de nuevo las etiquetas, es un voto maduro (el 45% entre 35 y 50 años), urbano y de las periferias urbanas golpeadas por los recortes, considerablemente educado y que se autopercibe lejos del estigma de “extrema izquierda” que los medios conservadores han querido acuñar (3,7 en una escala de 0 a 10). Un voto considerablemente diverso y que atraviesa relativamente las identificaciones y lealtades tradicionales. Además de la dimensión cuantitativa, la irrupción de ‘Podemos’ se refleja en impactos cualitativos: la atención mediática despertada, los feroces ataques por parte de las fuerzas más conservadoras y de sus creadores de opinión, o la instalación de nuevos términos en el vocabulario político del momento hablan de una emergencia cultural al menos tan relevante como la electoral. En su conjunto, el “pequeño terremoto” del fenómeno ‘Podemos’ ha contribuido a rasgar el monopolio simbólico de la representación política por parte de los dos principales partidos (PSOE y PP) y, así, abre la puerta a posibilidades inéditas.

‘Podemos’ nació como propuesta de herramienta para la “unidad popular y ciudadana”, esto es: la articulación del descontento flotante para una activación popular que recuperase la soberanía y la democracia, secuestradas por la “casta” oligárquica. La campaña electoral mereció comentarios displicentes y duras críticas de algunos sectores de la izquierda y de toda la derecha que, en lo fundamental, coincidían en una visión estática del tablero político según la cual, en el mejor de los casos, ‘Podemos’ obtendría un escaño a costa de Izquierda Unida. Una pequeña disputa de votos en el margen izquierdo del tablero. El correr de la campaña dibujó una progresión de la que finalmente se hicieron eco las encuestas y medios de comunicación. Para el día de las elecciones, la flecha seguía subiendo y en el momento de escribir esto el resultado sería probablemente muy superior al ya sorprendente obtenido.

‘Podemos’ es una iniciativa muy joven pero arraigada en una hipótesis intelectual y política largamente fraguada en ámbitos del activismo y de la universidad, particularmente de la Complutense de Madrid: que España atraviesa una crisis de régimen que es, en primer lugar, una fractura de los consensos y una desarticulación de las identidades tradicionales, y que existen condiciones para que un discurso populista de izquierdas, que no se ubique en el reparto simbólico de posiciones del régimen sino que busque crear otra dicotomía, articule una voluntad política nueva con posibilidad de ser mayoritaria. La iniciativa nunca habría sido posible sin el clima impugnatorio de las elites generado por el ciclo de movilización social iniciado el 15 de mayo de 2011, y los cambios en la cultura política que introdujo. Pero nada en este ciclo conducía a una necesaria “expresión” electoral. En diferentes países de la Unión Europea, el descontento con las elites ha generado abstención, mera alternancia o voto a la extrema derecha. Lo que permite comprobar, de nuevo, que en política no hay “espacios”, hay sentidos que se producen y disputan.

En “tan solo cuatro meses” se ha creado “Podemos” para “convertir a la mayoría social golpeada en una nueva mayoría para el cambio político”, ha acaparado la atención mediática y cambiado los términos del vocabulario político rasgando “el monopolio simbólico de la representación politica” preexistente para un discurso populista de izquierdas. Se trata no de luchar por un espacio político preexistente, sino crear y disputar un sentido.

Esta hipótesis descansa sobre tres columnas. La primera es una lectura particular del movimiento 15M o de “los indignados” según la cual esta irrupción plebeya no habría tenido efecto en los equilibrios electorales pero sí habría modificado aspectos centrales del sentido común de época, esbozando o posibilitando una nueva frontera política que postulaba simbólicamente un pueblo no representado por las elites, que excedía las metáforas izquierda y derecha.

Viene a decir que movimientos como el 15M o los indignados modificaron el sentido común de la época, generando “un pueblo no representado por las élites que excedía las metáforas de izquierda y derecha”

La segunda es el desarrollo de una práctica teórico-comunicativa que combinaba el análisis del discurso con la creación de programas de televisión propios en cadenas comunitarias. Esta experiencia supuso un aprendizaje de la tarea de traducción de diagnósticos complejos en narrativas y marcos discursivos directos, que se refleja en los programas “La Tuerka” y “Fort Apache” y en la elevada visibilidad mediática de Pablo Iglesias, cabeza de lista de ‘Podemos’ en las pasadas elecciones, en las principales tertulias políticas televisadas del país. Una visibilidad que se convirtió en la más poderosa herramienta comunicativa y en catalizador simbólico de la articulación popular de la campaña. Ese trabajo, a veces despreciado por parte de la izquierda como de “simplificación”, fraguó un estilo discursivo crucial en una campaña con mucho peso de las emociones y lo simbólico, y en la decisión central de resignificar los principales significantes flotantes del momento, enmarcando la pugna en terrenos favorables y no donde el adversario pretende o las inercias ideológicas nos llevan. Sobrevolando esta práctica está la convicción teórica de que la política es la disputa por construir sentidos compartidos, que no se “derivan” necesariamente de ninguna condición social. La política, así, no es sólo escuchar, también es decir y crear. Atreverse a asumir riesgos y probar si la práctica valida las apuestas.

Combinando el análisis del discurso con la creación de programas de TV, ha generado un estilo discursivo –dando mucho peso a las emociones y utilizando como catalizador simbólico para la articulación popular de la campaña la figura mediática de Pablo Iglesias- para “resignificar” los “significados flotantes del momento” enmarcando la disputa en un “terreno favorable” para crear “sentidos compartidos”

La tercera, un estudio prolongado y un aprendizaje sobre el terreno de los procesos latinoamericanos recientes de ruptura popular (y constituyente), conformación de nuevas mayorías nacional-populares para el cambio político, acceso al gobierno y guerra de posiciones en el Estado. Procesos en los que intervenciones virtuosas, en momentos de descomposición del orden tradicional, abrían posibilidades inéditas, casi siempre para estupor y malestar de la izquierda. Algunos de los impulsores de la iniciativa hemos reconocido que, sin aquel aprendizaje, ‘Podemos’ no habría sido posible.

Habiendo estudiado la “conformación de nuevas mayorías nacional-plurales” en Latinoamérica en los que “intervenciones virtuosas en momentos de descomposición del orden tradicional abrían posibilidades inéditas”

Con estos mimbres, se lanzó una hipótesis extremadamente arriesgada, que partía de la premisa de que para conectar con una parte amplia del descontento popular y ofrecer una articulación discursiva exitosa, había que desafiar gran parte de los tabúes de la izquierda clásica, de los que citamos sólo los tres más importantes. Se desafió la rigidez del mecanicismo de “lo social”, que sería un ámbito separado y anterior a la política, en el que habría que acumular fuerzas que después se traducían electoralmente. La iniciativa nació desde “arriba” y, frente al fatalista “no hay atajos” del “movimientismo” y la extrema izquierda, defendió que lo electoral es también un momento de articulación y construcción de identidades políticas.

Se hipotetizó que “para conectar con una parte amplia del descontento popular y ofrecer una articulación discursiva exitosa” había que negar lo social como algo necesariamente previo a la política, pudiendo articular y construir la identidad política “desde arriba” sin necesidad de acumular fuerzas que se tradujeran después electoralmente.

Se desafió también el tabú del liderazgo, supuestamente reñido con la democracia según las concepciones liberales y de algunas izquierdas. En la iniciativa ‘Podemos’, el uso del liderazgo mediático de Pablo Iglesias fue una condición sine qua non y un precipitador de un proceso de ilusión y agregación popular, en un contexto de desarticulación del campo popular.

La decisión, inédita en España, de poner su cara en la papeleta para utilizar el signo comunicativo más conocido, fue tan criticada por el purismo como decisiva en unos comicios en los que gran parte de los electores decidieron su voto el último día. Este uso estratégico del liderazgo no ha sido obstáculo, ni siquiera un complemento, sino componente central de la operación política.

En el contexto de desarticulación del campo popular, el liderazgo mediático de Pablo Iglesias fue un componente central de la “operación política” para precipitar un proceso de ilusión y agregación a “Podemos”. Su cara en la papeleta fue decisiva en unas elecciones donde una gran parte de los electores decidieron su voto en el último día.

Se ignoró, por último, el propio tabú sobre los nombres. La campaña de ‘Podemos’ asumió que, en política, los significantes viven luchas en su interior por cargarse de uno u otro sentido, y que su elección depende del conjunto de posiciones que se agrupan tras ellos. Esta visión constructivista del discurso político permitió interpelaciones transversales a una mayoría social descontenta, que fueron más allá del eje izquierda-derecha, sobre el cual el relato del régimen reparte las posiciones y asegura la estabilidad, para proponer la dicotomía “democracia/oligarquía” o “ciudadanía/casta” o incluso “nuevo/viejo”: una frontera distinta que aspira a aislar a las elites y a generar una identificación nueva frente a ellas. Este uso “laico” y no religioso de los términos políticos permitió a la campaña producir un relato amplio con un pie en el sentido común de época y otro en sus posibilidades emancipadoras. Lenin decía que la política es “caminar entre precipicios” y ‘Podemos’ hizo una campaña decidida a moverse en el equilibrio siempre inestable entre la marginalidad impotente y la plena integración, atravesando los grandes consensos y asumiendo los riesgos de la política hegemónica, siempre impura, no para ubicarse en el margen izquierdo del tablero de ajedrez sino para reordenarlo. Las rupturas acostumbran a hacerse desde una producción distinta de sentido, siempre herética y a contrapelo de los manuales y las certezas.

En la campaña se consiguió identificar a “Podemos” con la democracia proponiendo en su discurso una dicotomía cuyo opuesto sería la oligarquía. Así, identificándose con la ciudadanía contra la casta o lo nuevo frente a lo viejo cargó con un sentido favorable los significantes de su discurso en una lucha de posiciones que logró interpelar transversalmente a una mayoría social descontenta, maleando los términos políticos más allá de sus dogmas para producir un relato que pareciera a muchos realista y emancipador.

Los resultados del 25 de mayo han precipitado un escenario de descomposición del sistema político de 1978. El régimen salido de la transición no está quebrado pero tiene importantes grietas y sus elites intelectuales y políticas aparecen en repliegue y a la defensiva, visiblemente nerviosas, como han demostrado las prisas en organizar la sucesión monárquica. La irrupción de ‘Podemos’ mostró una posible vía de impugnación del orden existente, pero abre tantas esperanzas como interrogantes, dificultades y responsabilidades, en medio de un tiempo político acelerado en el que no faltará el hostigamiento de los poderes fácticos. La conservación de lo existente no parece una opción. De la audacia y la rapidez de los actores que están por el cambio y la ruptura democrática dependerá que el nuevo ciclo político que parece abrirse no sea el de una restauración oligárquica sino el de una apertura constituyente que construya, partiendo de muchos lugares, una voluntad popular alternativa. Y la haga el centro de un nuevo proyecto de país.

En un escenario de descomposición del sistema político se ha de actuar de forma rápida y audaz para construir una voluntad popular alternativa.

Fin del artículo.

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Recapitulando

 

Leído esto se hace evidente que no estamos en un movimiento de abajo hacia arriba, sino todo lo contrario. El autor parece que considera fatalismo pensar que es necesario un cambio social para que éste provoque un cambio en la política y piensa que ese cambio social se puede hacer de arriba a abajo modulando la voluntad difusa de los descontentos con la ayuda de los medios de comunicación de Berlusconi desde su base secreta y la de sus compañeros de clase. Han nacido los “Complutense Boys”: estamos ante unos empollones universitarios empapados de postmodernismo que se erigen como, en el mejor de los casos, demiurgos paternalistas de un nuevo populismo. Y claro, no sólo consideran con sus dicotomías cosa de antes –de antes de ellos- la izquierda, también creen que es hora de abandonar el antiguo “tabú del liderazgo”. ¿A qué suena esto? ¿Estamos maduros para nuestro nuevo líder? ¿O todavía tenemos prejuicios fruto de errores del pasado?

Y lo peor no es eso, lo del caudillo tertuliano es cutre, pero podía ser peor, lo peor es que la estrategia de “Podemos” dice el artículo que se ha planificado siguiendo una posición constructivista del sistema político. Posición la constructivista que afirma que nuestros conocimientos no están basados en el mundo, y que nuestra realidad es resultado de construcciones “de un observador imposibilitado de contactar directamente con su entorno”

Partiendo de esa premisa ideológica -que sustituye la realidad por mera percepción mediatizada-, la campaña de “Podemos” se ha centrado en manipular los significados y la emoción percibidos por la gente para que el mayor número posible vote por su partido, presentándose en este artículo a sí mismos como arquitectos de la construcción, desde arriba, de una nueva sociedad constituida hilando un difuso descontento en la trama de una voluntad popular a la que han articulado para que se identifique con un líder, manifestación encarnada de esa voluntad. Esa es su horizontalidad.

Este artículo revindica sin pudor la manipulación de los “significantes”, erigiendo a la propaganda como mismísima sustituta de la realidad, como herramienta constructora de la sociedad del futuro. Dice tal cual que una gran parte de sus votantes se decidió en el último momento gracias a la foto de su líder, cuya cara, como un signo, señalaba la papeleta para que los manipulados y primitivos votantes la pudieran escoger antes que a otra cualquiera.

Por cierto, mi madre no votó a “Podemos” y votó al de siempre. Luego, viendo la tele cuando hablaban del huracán “Podemos” dijo: “¡si era este el que se presentaba! ¡Tenía que haberlo votado!” Me temo que esa, con más o menos matices, es la voluntad difusa que desde la “élite” de “Podemos” quieren “articular” en un nuevo populismo. Y a los más formados y voluntariosos les dejarán reunirse en círculos para alzar las manos hasta que se perciban como lo opuesto a la oligarquía. Pero alto, ¡no quiero ser demasiado siniestro!, ni en mil años pensaría que los que forman parte de ese colectivo “Podemos” imaginan que lo que dice el artículo de su jefe de campaña sea en serio. Supongo que creerán que sólo abusa de la terminología disponible haciéndose eco de sus tesis para darse el pegote y hacerse de valer en el duro mercadillo de los Grandes Manipuladores. Ojalá y detrás de toda esa jerga haya la buena voluntad que defienden en las tertulias y que nunca se convierta en el chiringuito de unos expertos a sueldo del Berlusconi de turno, pero desde luego que estamos como mínimo ante alguien que sacrifica los medios para no sé que fines, suficiente para desconfiar de él. “Podemos” corre el riesgo de ser la semilla de un nuevo y oportunista alguien-ismo que con astucia y constructivismo diga una cosa y todo lo contrario mientras sirve a los que lo auparon en el poder, como ha ocurrido en tantas experiencias latinoamericanas.

Si alguien de su círculo ha tenido la paciencia de leer hasta aquí, le animo a que vigile los desvaríos tecnocráticos de sus teóricos, para que si mis sospechas son ciertas los anulen y si no lo son nunca lo sean. Si hay algo más peligroso que la decadencia es el regeneracionismo. En él nacen los fascismos, ha habido uno por cada oportunidad de emancipación, por pequeña que fuera.

Y si alguien de las élites leyera esto le propongo que en las siguientes elecciones pongan una foto más grande de su líder, porque a una parte importante de su electorado potencial no le gusta usar gafas para salir el domingo.

El Campo de Fuego

•1 Feb 13 • Dejar un comentario

Desde la Almena

El trabajo de Jonás era emocionante y divertido. Era guardia en la Muralla. Cuando un pingüino, un pato, o cualquier otro animal de vivos colores salía de la espesura y se acercaba a la Muralla, Jon le lanzaba un objeto y si acertaba recibía unos puntos que subían hasta su menú con un gratificante chasquido. Era un buen trabajo, los animales tenían un valor según su dificultad o exotismo y existía la opción de obtener puntos extra si se ahorraban recursos. Un caso extremo sería espantar un elefante con tan sólo una pelota de golf. Pero también perdía puntos si derrochaba medios o utilizaba herramientas inadecuadas. Esto ocurría si llamaba, por ejemplo, a una libélula para espantar a una manada de asustadizos erizos con los que habría bastado hacer sonar la bocina. En el menú de trabajo de Jonás no sólo había distintos objetos para lanzar, o sirenas, también tenía animales voladores que le apoyaban, sobre todo en el caso de que los animales vienieran en bandadas.

Jonás acumulaba los puntos o los gastaba en su menú de ocio. La Muralla era tan alta que se alzaba entre las nubes, y aun así, a veces los animales curiosos salían de su selva y había que espantarlos con ruidos o lanzandoles objetos. Incluso podía ocurrir -a Jonás eso no le había ocurrido nunca, pero era una posibilidad que existía en las reglas- que todos los animales de la selva intentaran a la vez subir a la Muralla, lo que se llamaba marabunta. Contra eso no bastaba la ayuda aérea. Existía un golpe maestro que consistía en iluminar la muralla con una luz tan intensa, que todos los animalillos salían espantados y cegados, chocando ridículamente unos con otros. Ese golpe daba un montón de puntos, tantos como para ganarse unas vacaciones enteras. Pero si lo dabas gratuitamente y la marabunta resultaba ser en realidad una mera bandada, se incurría en una penalización, y si los puntos llegaban a ser negativos, uno se endeudaba, y si la deuda era muy alta se podía perder gran parte de las opciones del menú de ocio, y si la situación persistía, podía llegar a perder trabajo, y con el trabajo, su correspondiente ocio. Y eso para la gente como Jon equivalía a perderlo todo.

Como su menú de trabajo no estaba desplegado, Jon había quedado con Marta en el Cruise, una yogurtería donde la mascota de los Juegos Olímpicos te servía un magnífico café vienés. Salió a colación el tema de moda, un famoso cantante, famoso por su éxito con las chicas, un auténtico sex-symbol, había cambiado de sexo para sorpresa de todos. Mar y Jon pagaron para quedar con “el” ahora “la” cantante, que estuvo contándoles su experiencia, la gratificante experiencia de ser mujer, y el desafío de ser uno mismo. Incluso quisieron entre las dos convencer a Jon para que cambiara de sexo, excusándose éste en el enorme precio del cambio para terminar confesando, entre risas, que le gustaban las reuniones en el club de puros, para ver el fútbol con sus amigos. Y haciendo tal cosa no se veía siendo mujer. Acabaron hablando de cambios de verdad raros, como los que se convertían en icono, como era el caso del camarero. ¿Lo habría hecho por admiración al deporte? ¿Por identificación con los equipos o la sede de los juegos? ¿o por atraer clientes a su local? Casi quedaron de acuerdo, en que probablemente le habría movido una mezcla de todo eso. Cuando Marta y la cantante hablaban de zapatos, Jon casi agradeció que se desplegara su menú de trabajo. Pagó para despedirse amablemente, con un “bueno chicas, hay algún animalillo revoltoso que quiere jugar conmigo, nos vemos” podría haberse despedido con un beso, pero prefirió no derrochar puntos. Los besos a la cantante habían triplicado su precio desde sus últimos cambios, y besar a Marta y no a la cantante estaba penalizado, sobre todo ahora que ésta era una chica.

Pensando en ello entró en el trabajo y vio la causa del despliegue de su menú de trabajo: unos cerdos corrían con absoluta determinación hacia la Muralla, mostrándose nada esquivos, un blanco más bien fácil. Cuando desplegó las herramientas para decidir con qué arrearles -un zapato parecía una buena idea- vio que de la espesura salían, con igual fijación fanática, un montón de gallinas, perritos, dogos, culebras, monos, caballos, lagartos, tortugas, arañas, conejos, rinocerontes, incluso muchos animales que no había visto nunca, como jirafas y ornitorrincos. Llamó a todas las libélulas y demás recursos aéreos y como no venían y los segundos pasaban -cosa que por cierto, restaba puntos al premio- desplegó del menú la herramienta de luz. Esperaba el espectáculo de la muralla iluminada, con la consiguiente huida cómica que figuraba en las reglas, pero eso no pasó. Algún destello, pero nada más, y los animales subían en masa, apoyándose unos en otros. Disparó los dardos, y varias pelotas de ping pong que dieron a la fuga a un lirón, dos gatitos y un pavo. Pero un ratón se le coló en el traje y Jonás desplegó el menú de ocio para cambiar la escena que se le había ido de las manos tan inexplicablemente.

Cuando entró en el ocio y entró en el local, lo encontró, por primera vez, vacío. De hecho, cayó en la cuenta Jon que nunca había estado en un sitio vacío, salvo la Muralla, y eso no se podía considerar vacío, pues siempre había animalillos acechando. Conmocionado por la pifia en el trabajo, confuso por encontrarse sólo, no sabía qué hacer. ¿Hola? ¿Hola?

Se alegró de escuchar voces, pero no eran las acostumbradas voces amistosas de dentro, estaban fuera de la sala, y no se entendían, eran los gritos de una multitud que golpeaba la puerta, se acercó hasta ella tratando de mantenerla cerrada, pero el ruido de fuera era horrible y Jon se asustó. Nunca había sentido nada al otro lado, hasta entonces no existía un “afuera” y paralizado por esa idea, la puerta cedió dándole en la cara y la sangre corrió por primera vez sintiendo su sabor muy fuerte. Cuando cayó no había suelo, pero tampoco se podría decir que caía un agujero, era más bien un espacio sin nada debajo. “He debido perder el trabajo” -pensó Jon- “y me fastidia haber perdido el ocio”. Pero se sorprendió sintiéndose bien, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Desde la Franja

Se habían sucedido noche tras noche las auroras sobre las chabolas. Ese signo servía a la esperanza tanto como al desánimo. “Desde que derribaron los minaretes Dios nos ha olvidado” decían unos. Pero la mayoría veían las auroras con ilusión. ¿Acabará la sequía?

Los pozos que no se habían secado empezaban a contaminarse, la debilidad y el calor extendían las epidemias. Hacía meses que los que partían hacia los invernaderos no volvían.

El Sol estaba en su máxima actividad y era un secreto a voces que algo importante iba a suceder, aun así muchos habían perdido la esperanza.. Familias enteras se acercaban al Muro para morir acribillados junto a sus antepasados, cosa que ponía frenéticos a los Imanes.

Esa noche la aurora no fue mayor que las anteriores, pero sí más hermosa. Muchos vieron una cruz en el cielo, otros una estrella, y un silencio se apoderó de todo cuando los niños empezaron a llorar. Algunos de los que observaban desde los tejados de chatarra repararon en que los aviones habían parado sus zumbidos, escudriñaron en la oscuridad y los vieron caer como lágrimas de leche en la noche, sin vida. Estallando en cada caída y provocando con cada relámpago un incendio en la favela.

A muchos les movió esos segundos de silencio, los primeros en generaciones. A otros el incendio o las señales del cielo, el miedo o la rabia. Algunos se quedaron en las casas  con sus hijos, hasta que les consumió el fuego.

No había agua para apagarlo y la multitud corrió como un río, como un apéndice de otra cosa hacia el Muro atravesando primero la pequeña fosa sembrada de los huesos de sus ancestros para correr en el claro sobre las cenizas de otros como ellos, ya olvidados, levantando un polvo gris, una niebla en la noche que tiñó su piel de gris.

Empezaron a llover las explosiones desde lo alto de la Muralla de más de cincuenta metros. Los primeros que tocaron el muro se dieron cuenta que su superficie no era lisa y reluciente, como se observaba desde lejos, sino que estaba lleno de grietas y desniveles que hacían fácil el ascenso.

Conforme subían se iluminaban por la franja incendiada y el brillo de fósforo de las explosiones. En la franja no se permitía ninguna estructura superior a unos pocos metros y nadie conocía la experiencia de un lugar en las alturas salvo por los cuentos y los mitos. Muchos cayeron presa de los disparos, pero la mayoría lo hicieron por culpa del vértigo, o de pura fascinación.

Arriba sólo había un enemigo, su armadura de metal les hizo pensar que era una máquina, como los drones que castigaban la población ante cualquier movimiento sospechoso. Pero los que trataron de romper la máscara de ese cuerpo ya inerte, descubrieron don terror una cara blanca y cadavérica que era sin duda la de alguien. Un niño se dio cuenta que murmuraba, vio que se movían los cables hincados en su garganta, igual que otros cables se clavaban en sus ojos rojizos que no habían recibido nunca la luz del Sol.

La multitud lo arrojó al vacío del otro lado del Muro con tal naturalidad que a los ojos del niño pareció mecido por el viento. La oscuridad envolvió en su caída hasta el último brillo metálico, y cuando el niño de piel de ceniza alzó la mirada hacia el horizonte vio que al otro lado de la franja incendiada había otra franja, también incendiada, y que los muros se sucedían, igual que las favelas en llamas, como surcos en un campo de fuego.

El ciudadano medio

•27 Nov 12 • Dejar un comentario

El ciudadano medio

La agitación paralítica

•16 Nov 12 • Dejar un comentario

No es que no haya movimiento social por falta de información. Tampoco es por falta de conciencia de la masa ni es la falta de organización lo que inmoviliza a la gente. El adulto suele fingir que está siendo engañado cuando en realidad es un cómplice que se conforma con la supervivencia. El indigno siempre va de víctima, incluso cuando se convierte en verdugo.

La cobardía de los que fingen dedicación por los demás les inclina hacia la burocracia. Sólo desean ser élite y son los músicos que interpretan el engaño. Si el quid de la cuestión fuera la falta de información, o la falta de organización o de concienciación, ellos tendrían justificación de ser informando, organizando o concienciando. Y se dedican a eso, ellos tocan los instrumentos mientras otros bailan su sonsonete sin melodía.  Y la música dice: “indígnate, indígnate, indígnate”

El ciudadano medio, entumecido, necio -que necesita mucha sal en la comida, mucho contraste en la tele y que le enmarquen un paisaje para que lo contemple-, el que equipara “lo normal” con “lo bueno”, escucha esa música y se caga en ella, despotrica, sienta cátedra, desprecia y para mantener su farsa de alienadado, niega toda esperanza envenenando su corazón.  No les ocurre que no encuentren la forma de organizarse o no accedan a información para concienciarse. La música sirve en estos casos para reforzar su postura y hacer que odien.

Y el que no quiere ser un “agente”, el que no finge confundir el bien y el mal, a ese le dice la música de los profesionales de la contestación:  ¡Indígnate! ¡Indígnate! ¡Indígnate!
Pero ¿qué pasa cuando agitas a quien no tiene dónde ir? ¿Qué pasa cuando se le apremia a que se indigne a alguien que no tiene un problema de concienciación, que símplemente no sabe qué hacer o no puede hacer nada? Entonces viene la parálisis por agitación. Y en eso están. No es que la información o la organización sean malas en sí, pero necesitan contenido real. Han de servir a quien la recibe para organizarse o para informarse y no más bien al contrario, como ocurre ahora. Las manifestaciones, por ejemplo, son recreaciones inofensivas de revueltas de un pasado lo suficientemente oscurecido como para que ni siquiera sirvan para conectarnos con éste. Se manifiesta el descontento y se anda hasta cansarse. No es una reunión para otra cosa, no es una revuelta, es una mera expresión de nuestro malestar.

Y desde el poder alimentan la parálisis. Casi cada noticia está hecha para cabrearte. Te agitan como si fueras una gaseosa para que revientes, o para que pierdas el gas. Salen los putrefactos de turno y dicen o hacen la primera barbaridad que se les ocurre, eso suena como un cañonazo y luego el eco lo repite y todos lo comentan. Te enfurecen, y como no puedes hacer nada te queman; te queman y no has hecho nada. Incendios sin fuego. Antes había fuego, ahora no lo necesitan. Es una estrategia de cansancio preventivo.

Nuestra información debería ser útil, nuestra música, inspiradora. Desintoniza los canales de la televisión, si acaso mira titulares, pero no te preocupes, sabrás qué está haciendo el enemigo porque tal es la campaña de saturación que aunque no quieras escucharlo te llegará el eco de lamentos y te darás cuenta que estás tan “informado” como el que monta guardia delante del televisor.
Haz amigos de los que te puedas fiar, organiza algo que quieras organizar, informa y busca información que te enseñe, lee sobre qué hicieron otros antes que tú y cómo les salió.
Como hacen ahora los productores con películas comerciales, quieren hacer de nuestra vida un remake malo y sin el fuste de la original para evitar que algo se les salga del tiesto. No finjas desilusión tras la pantomima ni te lamentes por el poco resultado de ningún esfuerzo. No te conviertas en un propagandista del vacío. Cuando emprendas algo no olvides para qué lo emprendiste; que no te desanimen, que no te consuman. No caigas en la trampa de gastar tus energías en hacer eco de sus miserias, y si lo haces, no dejes que tu eco te arrebate la ilusión.

The National – Afraid of Everyone

•18 Jun 12 • Dejar un comentario

Luego de la canción, sus letras y una traducción.

*

“Venom radio and venom television
I’m afraid of everyone, I’m afraid of everyone
Lay the young blue bodies, with the old red violets
I’m afraid of everyone, I’m afraid of everyone
With my kid on my shoulders I try
Not to hurt anybody I love
But I don’t have the drugs to sort,
I don’t have the drugs to sort it out, sort it out

I defend my family with my orange umbrella
I’m afraid of everyone, I’m afraid of everyone
With my shiny new starspangled tennis shoes on
I’m afraid of everyone, I’m afraid of everyone
With my kid on my shoulders I try
Not to hurt anybody I love
But I don’t have the drugs to sort,
I don’t have the drugs to sort it out, sort it out
I don’t have the drugs to sort it out, sort it out

Yellow voices swallowing my soul, soul, soul”

Radio envenenada y Televisión envenenada
Tengo miedo de todo el mundo, tengo miedo de todo el mundo.
Yacen los jóvenes cadáveres azules, con las viejas violetas rojas*
Tengo miedo de todo el mundo, tengo miedo de todo el mundo
Con mi hijo sobre mis hombros trato
No herir a nadie a quien quiero
Pero no tengo los fármacos que lo resuelvan
No tengo las medicinas para arreglarlo, para arreglarlo

Defiendo a mi familia con mi paraguas naranja
Tengo miedo de todo el mundo, tengo miedo de todo el mundo
Calzando mis relucientes zapatillas estampadas de estrellas
Tengo miedo de todo el mundo, tengo miedo de todo el mundo
Con mi hijo sobre mis hombros intento
No herir a nadie a quien quiero
Pero no tengo las medicinas para arreglarlo
No tengo las medicinas para arreglarlo, para arreglarlo

Voces amarillas tragándose mi alma, alma, alma…

.

(*) Nota del “traductor”: en algunos sitios en inglés comentan que esta estrofa hace referencia a los demócratas y los republicanos. Como en nuestra política-ficción la analogía simbólica de los colores no se corresponde me ha tentado cambiar los colores, pero como se perdería gran parte de su valor poético, pues un cuerpo jóven y azulado que yace puede ser también una imagen terrorífica que aporta significado, lo he dejado como está en inglés. En el caso de las voces amarillas comealmas, como aquí a la prensa senacionalista también es asociada a ese color, el matiz no se pierde.

El descontento

•10 May 12 • Dejar un comentario

el descontento

Como mercancía de una sociedad esclavista el proletario se sacrifica tanto a sí mismo como a su prole.  La misma ideología que le sirve de excusa para someterse tranquilamente le obliga a formar a sus niños para que sean de provecho.

A veces los esclavos se revelan contra su yugo y hacen lo que pueden para ejercer su dignidad. Desarraigados, formados para la sumisión, buscan senderos ocultos por el olvido o terjiversados por los vencedores. Para ellos los amos toleraron unos rituales que conducen al gueto, al redil de la contestación.

A veces –normalmente para aumentar la productividad o la sumisión- los amos asustan a los esclavos con la ruina total, con el caos, con la incertidumbre, rompiendo el pacto implícito cuyas condiciones pone y cambia a su antojo el vencedor. Y los esclavos angustiados hacen procesiones rogando a sus amos un lugar en el que caerse muertos.

Los rebeldes y los sumisos coinciden en los mismos espacios y se confunden: la cabalgata del descontento, la procesión de la angustia. Entonces los señores muestran un atisbo de orden, de estabilidad, un mínimo espacio de subsistencia, que por precario que sea, por indigno, es abrazado por el sumiso con renovada fe. Es entonces cuando parece que la rebelión ha fracasado.

Así es como los amos utilizan el descontento para crear angustia y espectación en los sumisos y decepción y cinismo en en los rebeldes. Los une para separarlos y los separa para unirlos en la desesperanza.  Es una trampa del discurso de la masa adscrita. Las revoluciones por adscripción o son falsas o sirven a una nueva élite. Por eso el pensamiento de masa, que prioriza la cantidad, no debe imperar en la percepción del éxito o el fracaso de un movimiento social. Eso no significa que la revolución no pueda ocurrir, incluso sería injusto sentenciar que de un movimiento unido por el descontento no pueda surgir un cambio social, una idea que cale y cuya práctica suponga una liberación. Pero una revolución no ocurre en abstracto, sin sustancia.

El Vértigo

•22 Mar 12 • Dejar un comentario

Evolución, progreso o desarrollo son consignas utilizadas por la propaganda desde antes de Darwin. Son conceptos que cobran sentido cuando se refieren a un proceso que es el que progresa, evoluciona o se desarrolla. ¿En qué dirección se progresa y qué sentido tiene ese desarrollo? ¿Qué es lo que se desarrolla? ¿Hacia qué evoluciona qué y por qué?

Los opresores promueven la mistificación de los procesos que eligen como abanderados de esas consignas. Deciden los criterios de la velocidad y aceleración de los cambios en estos procesos y educan nuestra percepción hasta atrofiar nuestro sentido del equilibrio. Nos enfrentan a una especie de monstruo abrumador que es mera cantidad, mera velocidad hasta hacernos sentir como encerrados en un tren de alta velocidad que desdibuja el paisaje y del que parece un suicido saltar. Construyen un sistema de referencia como construyen cárceles.

Por ejemplo, eligen una determinada técnica y unas unidades de velocidad en su progreso que la hacen progresar vertiginosamente. Los componentes electrónicos empequeñecen, la velocidad de procesamiento aumenta, alucinamos con el aumento de píxeles o megabites, como hace tres décadas alucinaban con los viajes espaciales.  Se nos condiciona para impresionarnos con esos cambios con el mismo método con el que se nos condiciona para angustiarnos con los cambios en la prima de riesgo o los aumentos de la temperatura de los océanos.

Nos sacuden el ánimo hasta que terminamos creyendo que sólo existe el devenir acelerativo de las cosas que se nos muestran y nos creemos defenestrados, pero el vértigo no es una caída sin fin sino mero mareo provocado al ser movidos por las arbitrariedades. Incluso nos incitan a fantasear con un colapso necesario, un impacto final del vertiginoso progreso arrastrándonos al nihilismo y la aceptación de nuestra indefensión y nuestra condición de objeto. Porque al menos desde Newton nos tratan como objetos pasivos sometidos a fuerzas externas, como proyectiles sin otro sentido que la inercia a la que hemos sido sometidos. Y todos estos procesos y sus explicaciones forman un eje de coordenadas que condiciona el discurso, que acota un espacio del que no podemos escapar.

Nos mienten y les discutimos con sus mentiras. Todo el discurso que rodea a nuestra opresión es una falacia. El poder no tiene explicación, no tiene motivación, no necesita una justificación para existir. Es difícil aceptar un maltrato caprichoso. A menudo se acaba mistificando la figura del agresor: como es difícil asumir la crueldad sin más, se trata de explicar el daño imaginando la agresión como un proceso lleno de motivaciones enrevesadas, de mecanismos poderosos y ocultos, suponiéndole al maltratador una inteligencia que no tiene, otorgándole a menudo una superioridad de la que carece. Hemos de aceptar la existencia de la crueldad del poder sin asumir su prepotencia. No hablo en absoluto de abandonar la búsqueda de estrategias o entendimiento sobre los procesos con los que nos someten. Se trata de evitar cosificar al poder dando a la explicación que nos permite entender como funciona éste primacía sobre el fenómeno en sí hasta deificarlo.

 
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