Sobre la Responsabilidad

Un absurdo del que se nutre el ecologismo digerido que promueven los medios de comunicación es la idea de que la raza humana mancilla a la naturaleza destruyéndola. Esa premisa sirve de corolario romanticón a la falacia del progreso. El ecologismo es digerido así hasta transformarse en una versión descafeinada de naturismo, desplazando el centro de su práctica de la búsqueda activa de la armonía individual con la naturaleza a la lucha por la sostenibilidad de una industria omnipotente en un ecosistema en decadencia.

Esa dicotomía hombre-naturaleza los separa artificiosamente hasta convertir al humano en una plaga mortal. El ecologismo que nos vende el poder sólo aspira a una convivencia tensa, casi de guerra fría entre el hombre y su medio olvidándose del ejercicio de la unidad del hombre con la naturaleza que es el naturismo. Ha sido contaminado por el Malthusianismo y el catastrofismo hasta convertirse en una ideología apocalíptica y su praxis se ha limitado poco más que a promover el consumo responsable – la misma palabra consumo viene del verbo consumir, gastar o destruir. Nada más lejos de la naturaleza que consumir-. Esta idología nos condena a ser la imagen de una máquina, un hombre que consume naturaleza. Al acotar su crítica a la temática ambientalista deja de abarcar las causas de su problema perdiendo su razón de ser. Llegando la perversión a tal punto que tomar parte por el ecosistema frente al hombre, una traición al género humano que debería contentarse con el hecho de que incluso si ocurriera ese anunciado desastre ambiental, no sería para el ecosistema mas que un punto de inflexión hacia un nuevo equilibrio. La naturaleza siempre gana. Gaia perdurará tras el ser humano como perduró tras los dinosaurios y todo lo demás.

Insisto en todo esto porque me parece que en esta sociedad postrada la única responsabilidad que se le otorga al hombre -que es casi como decir que la única consecuencia perdurable del ejercicio de su voluntad- es la de preservar el medio ambiente para las generaciones venideras a través del consumo responsable.
Se puede hallar la paz escuchando el ruido del viento sobre el campo, y también haciendo con las manos y unas pocas herramientas una silla o una puerta. Nos nutrimos de esa armonía y de su recuerdo tanto como del aire o la comida. Esa plenitud es ser, ser de verdad un ser humano auténtico. No son necesarios miedos apocalípticos para reconocer esa autenticidad como un elemento indispensable para el ser humano. Que nuestros hijos tengan oportunidad de poder de verdad ser es nuestra responsabilidad.

A todo eso alude el principio de responsabilidad de Hans Jonas:

“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”

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~ por Kiko en 26 Ene 09.

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