El verdadero pirómano se identifica con la llama

 

CÓMO DESTRUIR EL MUNDO Y HACERSE CON EL PODER ABSOLUTO

I

El verdadero pirómano se identifica con la llama

En este capítulo se explica por qué los viejos dicen que la vida es una mentira.

Si alguien escuchara a un anciano, éste le diría que la vida es una mentira. Tal vez si quisiera explicarse mejor y tuviera inclinación por la poesía el viejo nos diría que durante la vida, la mente, o mejor, el alma, está sumida en una especie de bruma abotargante que, arrastrada por la brisa del tiempo, nos arrebata la existencia por mero rozamiento. Dirá que pocas cosas sacan a uno de ese estado imbécil, una sería el incendio: cuando el fuego se adivina entre la niebla, el hombre asustado corre como un jabalí en un bosque en llamas, huyendo de la llama, sin reconocerse en ella.

La vida pasa y la gente la pierde tontamente. Cuando un viejo piensa se siente jodido sí o sí, no porque crea que va a abandonar este mundo hacia lo desconocido, sino porque sabe que es un mierda y que le han timado y su forma de expresarlo es ser un cabrón.

Parece que la vida es lo más preciado, pero todos insisten en que es una mierda. No nacemos pensando que la vida es una mierda, eso piensan nuestros padres. Por eso se esfuerzan en enseñárnoslo, lo hacen básicamente mediante la repetición del mantra “la vida es una mierda” cada vez que la tele se lo recuerda o algo no salga según su capricho. Pero tampoco demos la menor importancia a los padres en la educación de los hijos. Los padres de ahora ya no son los gigantes de antes, su presencia es apenas es testimonial –son algo así como el servicio de catering-, a los humanos, desde nuestra generación y hasta que el incendio devore la cultura moderna en un mar de aluminio fundido les educan las cosas. Cosas, siempre complacientes, que se dejan sobar.

Hay una alegoría que dice que si coges a una rana y la metes en agua hirviendo se pira, y si la pones en el cazo con agua templada y lo pones a fuego lento, la rana se deja cocer. Pero es mentira: la rana saldría del cazo a fuego lento porque la desinformación no se ha cargado su sentido común. Prueba a meter una rana en un cazo y que se quede ahí, sólo demostrarás que eres un friki y la rana pasará de ti.

El habla es un medio para la manipulación (si los monos supieran hablar los pondríamos a trabajar, aun así, como tienen “inteligencia” muchos están explotados en espectáculos degradantes) Si nos enseñan a hablar, nos acercan el periódico o nos venden alta tecnología a precios razonables es para comernos el tarro con mayor eficiencia. El lenguaje racional no es más que un código de instrucciones en nuestra programación. Quien habla no es libre –y menos quien escucha-, sólo el verdadero poeta es libre, y no sólo porque no se corta en pasarse las palabras por el forro y luego decir que es arte, -y si se gana unas perras, mejor-: la prosa es una degeneración de la poesía y el paraíso se abandonó cuando los versos se rompieron  y se volvieron a unir sin belleza en una línea interminable; entonces empezó el tiempo y todas las demás mentiras. Viajar de la prosa al verso es una forma de liberarse del lastre del lenguaje.

Hay formas de pensamiento que han de nacer de nuestro interior y que si vienen de fuera son pura alienación. La esperanza es un ejemplo, y la desesperanza. Cuando la televisión siembra desesperanza la gente entra en histeria pero se les irá en cuanto los programadores quieran, probablemente introduciendo un espectáculo esperanzador, también falso, en el que la gente se volcará como una masa de zombies ansiosos de emociones. Como pasa con el cine comercial -tal vez porque los guionistas sean los mismos- el mundo normalizado al que se esmeran a vivir todos los gilis es cada vez más aburrido, y eso a pesar de los efectos especiales. Las crisis, los desastres naturales y los momentos históricos ya no son lo que eran desde que los anuncian por la tele. La fe es otro ejemplo, si viene de fuera es fanatismo. En ese sentido la razón, el pensamiento racional las más de las veces es una perversión de la fe, ya que se dicta como premisa y se blinda de tautologías. Además, no existe ninguna persona auténticamente racional, todo racionalista se miente, pues si fuera de verdad racional no lo sería porque no es racional ser racional. Ser racionalista no es lo mismo que ser racional, los racionales somos todos muy irracionalistas por pura coherencia y nos esforzamos estoicamente en ser irracionales.

Pero destruir el mundo no es fácil. Se puede destruir un vaso, un plato, una silla, un espejo, un teléfono, pero ¿todo? Destruir una sala de fiestas o un desfile de enanos es difícil así que ¿cómo destruir el mundo entero? Imposible. El verdadero poeta se identifica con el fuego y en lugar de intentar escapar anda extendiéndolo. El que destruye el mundo parcialmente sólo desmonta una pequeña parcela con él participando de una maquinaria que lo pone en marcha aumentando la estabilidad total en lugar de minarla. La sociedad se basa en una especie de segundo principio de la termodinámica, el caos en una parcela hace que aumente el orden total. Destruir de verdad: cuando se hace, parece que nada ha cambiado, pero nada volverá a ser igual.

En la sequía de la nada en la que estamos inmersos, el ser de cada uno se halla seco como un escarzo, en espera de la llama. Toda imposición es pirófila, a mayor opresión, más rápido e intenso es el incendio que ha de venir. Nuestra cultura industrial no es una excepción. Utiliza la tala y quema porque no puede permanecer, y el incendio, si es planificado, le permite a una parcela crecer de nuevo, joven y robusta, en la ceniza de la anterior.

No creo que haya existido un día en la historia de la humanidad –al menos desde que se doblegó el lenguaje en una norma- en que no se haya sentido el acecho del final del mundo. Se confunde el anhelo con la angustia, la inquietud que genera en el alma la cutrez del mundo de las apariencias, con la desesperación de quien teme despertar y no existir, aterrorizado por la certeza de que su ego terminará como esos CD’s piratas que acaban aplastados por la apisonadora. El anhelante puede caer en el error de la desesperación y que su alma se hunda en la oscuridad de la hipocresía y el descontento. Pero si resiste el embate de la angustia entenderá que el desastre es parte de su mundo, y que éste le exige ser para existir. La desesperanza es un lamento egoísta, cómodo y pasivo. La inquietud es, por el contrario, vibrante. El anhelante porta la semilla y es a su vez fuego. Quien teme la nada se sabe ceniza. El anhelante se extiende con el viento, el desesperanzado sin anhelo se disipa con el viento. El tiempo es el viento que arrebata la existencia a quien no tiene el valor de ser. No podría ser de otra forma, no debe ser de otra forma. El imbécil que lo sacrifica todo a cambio de la sensación de seguridad no merece otra cosa que la desesperanza.

En la ceniza de nuestra cultura ha de arraigar la semilla de nuestro anhelo. Y eso no debe ser en un futuro sino ahora, ahora y siempre. No existe otra forma de ser que ser, lo demás es simulacro. Y eso se sabe, por eso los viejos dicen que la vida es una mentira.

Ir a parte II “Escapología de la vida cotidiana”→

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~ por Kiko en 21 Nov 10.

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