Escapología de la vida cotidiana

CÓMO DESTRUIR EL MUNDO Y HACERSE CON EL PODER ABSOLUTO

II

Escapología de la vida cotidiana

Este capítulo nos enseña a distinguir los espejos del laberinto y nos sugiere formas de hacerse pasar por una imagen.

La gente marcha a Oriente como si hacer turismo fuera necesario para encontrar la autenticidad: tienen el ojo del espíritu hipermétrope, conforme se acercan al objeto de su deseo éste se aleja. Cultivan una imagen de sí mismos hinchando su ego con experiencias falsas. Es un ejemplo concreto de un mecanismo que actúa en todas las facetas de la vida –aquí bajo el nombre de realización personal- pero que no es otra cosa que alienación, es decir, el proceso de extirpar el alma propia de la propia vida, y tratar de mandarla muy lejos en el espacio y/o en el tiempo.

Se le podría llamar también zombificación, metáfora que nos ayudará a entender el proceso, en realidad sencillo, de matarnos en vida, convertirnos en cosa y que acabemos asaltando a cualquier transeúnte contándole cosas que no importan a nadie, ni a nosotros mismos. El proceso es todo un arte: primero, se somete el individuo al exterminio de su ser acosándolo a base de mentiras, carencias y arbitrariedad. Luego, cuando la voluntad ha sido sometida a la pasividad a base de soledad, se pasa a la formación y el cultivo de una imagen, un alter ego hipócrita ante el que, una vez formado en la mente del individuo aislado, se le responde –ya sean los padres, los amigos, las parejas…- como el ya zombificado quisiera que se le respondiera a él, es decir, se le somete a un simulacro de satisfacción. Lo importante es que el sujeto viva en paralelo una vida esquizoide, en el que su sombra le sustituye, sobre todo para la vida social. Su imagen acaba follando por él y nunca abre su corazón no venga un perro malo y se lo lleve. Cuando se cae en el hechizo de vivir a través de una imagen, se abandona la sinceridad, la espontaneidad, el valor y el mismo disfrute, pues la imagen no siente. Qué decir tiene del sentido común, el de la justicia, la dignidad y la razón. El siguiente paso es alimentar esa carencia para que el zombi, queriendo llenar su hambre de ser, siga cultivando su imagen, esforzándose en que ésta viva lo que el zombi, cada vez más apocado y feo, se ve incapaz de vivir por sí mismo. Ese ser patético suele ocupar su tiempo en cosas que no importan a nadie como ver la tele, apuntarse a aquagym o, mi favorita: amortizar una hipoteca para luego hipotecarse de nuevo en un piso más caro y alquilar el primer piso para pagar la hipoteca del segundo, para luego irse al Nepal a cultivar el espíritu y montar algo tosco y artesanal [1].

La ciudad está llena de zombis con hambre crónica de que alguien les diga lo que tienen que hacer. Creen que sólo tienen su simulacro de vida y ver a una persona sin infectar les enfurece y les invita a la persecución, no por lo sabroso de su cerebro [2], sino porque su mera existencia los saca de la categoría de humanos y les recuerda su cobardía fundamental, cosa que provoca la ira feroz de los zombis. Sin personas, los zombis pueden hacer cola en el metro sin acritud [3].

Ese paisaje patético puede resultar un poco deprimente, pero es en verdad muy divertido. Para divertirse dominando el mundo uno ha de aprender a desatarse y atar a otros. Y para eso es necesario dominar la guerra teatral a través de imágenes. Porque hoy por hoy, el ecosistema en que se mueve la gente es artificial y está hecho fundamentalmente, de basura y sus imágenes asociadas.

Si el emperador está desnudo, el siervo está cubierto de mierda: se mira al espejo y adorna su ego con abalorios que no son más que baba postmoderna. Hay un código de abalorios que rige el flujo energético de los siervos. Si los esquimales distinguen decenas de tonos de blanco, los ciudadanos distinguen centenares de tonos de mierda, mierda de la que pueden acabar siendo poco más que contenedores transparentes o blísters [4].

Los objetos no importan tanto como lo que simbolizan, y esa relación esencial es la que el sistema se ha ocupado de tergiversar para provocar una asociación. Los objetos que se dicen de consumo son objetos de uso simbólico que poco a poco tienen menos de objeto y más de forma, de significado. El modelo de control perfecto tal vez sea el juego de rol de ordenador en que el jugador se mueve por las opciones que le dan, pero no se puede salir de la pantalla. Obtiene nuevos accesorios para su personaje y sigue adelante en la narrativa del juego. El asiento del jugador está dotado de unos pedales y se le obliga a empeñar su esfuerzo real y pedalear fuerte si quiere obtener los premios y evitar los castigos imaginarios del juego. Se consigue ocupar su tiempo y obtener su energía.

Por mucho que se llegue a identificar un jugador con un personaje estandarizado, notará un vacío interior y unas necesidades humanas que el juego aprovechará, haciéndole perseguir sus análogos simbólicos en la pantalla, eso sí, para el personaje, no para el jugador. Este es el modelo. Conocerlo nos puede ayudar a movernos en él.


[1] A esta fantasía tan común se le podría llamar síndrome del especulador vicario, una forma de estrés postraumatico similar al síndrome de Estocolmo.

[2] Comer cerebros no es malo en sí mismo.

[3] No tengo nada en contra de los zombis, son seres que merecen mi mayor respeto. Si fueran capaces de leer o mantener una conversación coherente me pensaría si sacar este escrito a la luz, no por miedo a represalias sino por no ofender su sensibilidad.

[4] Esta estúpida palabra que define nuestro Zeitgheist –otra que tal- significa, según la Wikipedia: Blíster es un envase de plástico transparente y con una cavidad en forma de ampolla donde se aloja el producto, permitiendo al mismo tiempo presentarlo y protegerlo de golpes durante las operaciones de manipulación y transporte”. Es decir, el blíster es basura en sí mismo, basura que protege y muestra la mercancía. Este es el superhombre del futuro.

 

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~ por Kiko en 7 Dic 10.

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