¿Qué hacer?

¿Qué hacer?

Algo hay que hacer pero ¿qué?

Todos se asustan cuando los titulares anuncian la miseria. Se escucha el resonar de sus cascos, imaginamos la guadaña. Dicen que no hay futuro, que no hay futuro, que no hay futuro,… que viene la miseria. Se escuchan los lloros de los hijos que no hemos tenido, lloran de hambre y nosotros ¿de qué lloramos nosotros? De miedo.

Pero lo que viene no es la miseria, en todo caso, la pobreza, pero la miseria ya estaba aquí, bien instalada, pudriendo los corazones de la gente con cada falsa decisión. La sensación ante la amenaza que nos ronda no es de desposesión, ni siquiera de desilusión. Es una toma de conciencia de nuestra miseria, de nuestra condición de vendidos. Vendidos por nuestros padres: desposeídos, hijos de desposeídos. No nos quitan algo nuestro, sólo nos apartan el hueso de la boca. Y eso da rabia. No es furia siquiera, es pánico por no saber qué hará el amo. Cuando éste saca el palo es más difícil engañarse a uno mismo que cuando saca el hueso. Y es muy frustrante saberse un desgraciado sometido a la arbitrariedad de unas fuerzas que no conoce. Uno se siente indefenso. El amo ha apartado el hueso para esgrimir el palo. ¿A qué nuevo redil nos dirige? Ese es el miedo. Deificado el poder, sus designios son como el destino.

Se respira el desasosiego. Ahora se hace evidente, más que nunca, que la mansedumbre no es suficiente para evitar el castigo. Aprovechar el paro para formarse en espera de retomar la senda del trabajador cualificado se ha convertido en un ritual inútil porque el estado del bienestar ha muerto y su medicina ya no funciona. Llevamos mucho tiempo con las anteojeras puestas. Convertidos en mansos por siglos de selección artificial del más sumiso. Cada generación mata a la siguiente con su inercia, sacrificando a sus hijos al dios que toca. Los futuros padres esperan con verdadera desesperación ser instruidos sobre los rituales que inculcar a su prole, y no reciben respuesta.

El artificio que retrataba el devenir de la humanidad con el traje del progreso, la necesidad, y el consenso, el hechizo que conseguía que el esclavo condenado por la falta de alternativa se sometiera a la robotización con tal no caer en la desesperación de sentirse animal de granja, ha perdido calidad. Los robots no son felices, nunca lo fueron, pero ahora no pueden fingir que lo son. Las justificaciones que excusaban su devenir, las falacias que justificaban su cobardía, las explicaciones paralelas que daban sentido a una vida sin sentido ya no cubren como antes el grito de fondo que siempre resuena en quien tiene el valor de pararse a escuchar. Ahora la cabeza del obrero decapitado, repite desesperadamente que al Dinero no le conviene que no podamos consumir y que la pobreza no genera progreso. Se llega a acusar, fantaseando con una era dorada, una especie de utopía fordiana de consumo a raudales, de haber vivido por encima de sus posibilidades. Ruega que se le dictamine sentencia, quiere saber qué tiene que pagar para volver al sueño y acabar con la incertidumbre. Mientras, su cuerpo sin cabeza corre desesperado sin saber qué hacer.

El Reich del control por el deseo, de la gestión de angustia, de la soledad, está hecho para durar mil años. Los deprimidos, los adictos, los dementes podrían seguir llenando las consultas de los médicos, caros o baratos según su nivel adquisitivo. Los triunfadores podrían seguir muriendo en accidentes de coche, o en habitaciones de hospital con cuarto de invitados. Los acomodados podrían seguir esclavizándose para pagarse un guetto con hilo musical o para ir a morir a un asilo decente. Los demás, la inmensa mayoría, podría haber seguido esforzándose para conseguir lo deseable, para cumplir con lo que se espera de ellos. Había una pastilla para cada uno. Una mentira para cada día. Un hambre sin colmo, una desazón sin consuelo. Pero parece que han decidido que no hace falta tanto empeño. Que estamos lo bastante domesticados para retirar el hueso. Con una generación endeudada no hace falta el consumismo: puede sustituirse a El Corte Inglés por el todo a cien y la Guía Michelín por las ofertas por Internet. El mundo es grande así que ¿por qué no bajarnos de categoría de AAA+ a “Tercer Mundo”. ¿Hay alguna diferencia fundamental entre un informático hindú y uno español? Los que nos gobiernan siguen la senda de la asociación, ahora seguimos la sombra del hueso. Economizan gastos que se han vuelto superfluos y la comodidad para aplacar a las masas ya no es necesaria. La represión sin redistribución de la riqueza se ha vuelto rentable. Han llegado a la conclusión de que nuestra generación aquí puede ser gobernada sin terrones de azúcar.

Si esa inercia continúa nos tocará sobrevivir entre las ruinas de los juguetes con que sometieron a nuestros padres. Quien quiera seguir engañándose lo hará viviendo una parodia de una parodia. Su nivel de patetismo aumentará, su impostura será mayor. Se le exigirá más por menos. El mundo será más ingrato para el que aspire a ser un ciudadano integrado. Tal vez no sea más grato para el que no pretenda eso, pero se abre más la senda que te saca de la rueda.

Llegó la hora de que se asilvestre el ganado. Es el momento de la inutilidad, de la incombustibilidad, del no servir. El perro no es nadie sin el amo pero el amo no es nadie sin el perro. Podremos quemar las basuras del sistema pero si sólo somos una réplica de él, nuestra revolución sólo habrá sido su reciclaje. Estamos en un terreno escurridizo y tenemos que buscar como un zahorí lo que resuene en nuestro corazón para avivar con ello el fuego de nuestro espíritu. Y después, con ese fuego, hemos de arrasar lo que está muerto. De esas cenizas rebrotará la humanidad, que nunca había desaparecido, por mucho que la hubieran podado, sus raíces son más profundas que la historia que nos han enseñado. No será la primera vez que un imperio que se pretende eterno cae en el olvido.

Pero por el simple hecho de ladrar un perro no es un lobo, ni siquiera por morder. Un lobo no necesita al amo. El camino para recuperar nuestra libertad pasa por poder verla. Asilvestrarse, hacerse el muerto, el atado, ladrando cuando quiera, comiendo basura si es necesario, alguna presa si las condiciones le son favorables, sabiendo que podemos ser lobos aunque vivamos como perros porque no nos dejan. Rehaciendo manadas, despreciando al poder en lugar de mistificándolo, huyendo hacia adentro de uno y de los suyos para volver, cada vez, más conscientes y dueños de nosotros mismos.

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~ por Kiko en 22 Sep 11.

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