La corona

Anoche soñé:

Estaba sentado en un banco corrido, algo parecido a unos vestuarios. Éramos una hilera de gente. Una voz marcial dio la orden:

– Pónganles la corona de …

Tenía nombre propio, tal vez el de su inventor, pero no lo recuerdo. Era un objeto que se clavaba en la cabeza provocando un estado de obnubilación que hacía imposible cualquier actividad consciente y cualquier pensamiento o sentimiento coherente. No sé cómo pero nos librábamos de que nos la implantaran, al menos eso creí yo.

Una mañana estábamos desbrozando un parque de pinos descuidado, donde habían crecido largas hierbas. Todo estaba en condiciones de semiabandono. Éramos un grupo de unos diez y ve vestíamos con un mono de uniforme. La gente tenía rasgos orientales, era un tiempo futuro a éste y la ciudad la misma en la que vivo, pero la sociedad se había vuelto más agrícola, la economía era más de subsistencia. Sobrevivíamos en calles desérticas, transitadas esporádicamente por otros como nosotros que vagaban por las calles sin voluntad, como los zombis haitianos.

Se nos acercaron dos seres de facciones humanas con un uniforme distinto, más tradicional, tal vez de tipo samurai. Si fijaban su atención en ti podían ver tus pensamientos y cuando descubrían una mente consciente la destruían. Imponiendo su mirada te enloquecían convirtiéndote en un ser pasivo y dócil, una mezcla entre un zombi y un lobotomizado. Ante su presencia tenías que dejar de pensar. Era algo así como desmembrar tus pensamientos hasta dejar una especie de masa amorfa y seguir con el trabajo. Lo hice y era muy desagradable. Es importante destacar que ese estado de la mente no tiene nada que ver con el vacío de los pensamientos de la meditación o la aniquilación del ego de la iluminación. Era más bien lo contrario: rechazar la sustancia de la mente para dejar sólo la cáscara, eliminar la melodía prestando toda la atención al ruido. Alcanzar ese estado provocaba mucha angustia. Lo hicimos y los comisarios pasaron de largo.

Luego descansábamos en mi casa, la misma en la que vivo, en ella convivíamos hacinados una docena de personas o así. Yo ocupaba la misma habitación en la que duermo. Me despertaba con la sensación de que algo malo estaba ocurriendo en la casa de los vecinos. Sigilosamente, fui a ver lo que ocurría, con intención de ayudarles.

La puerta de entrada, como era habitual en el mundo de este sueño, estaba abierta. En el salón dormitaban dos o tres vecinas muy jóvenes y les tenía cariño, me provocaban ternura paternal, como suele ocurrirme con los chicos a los que atiendo en mi trabajo. Seguí mi camino sin que ellas apenas repararan en mí.

Del dormitorio salía el llanto de un niño. Abrí la puerta despacio y distinguí en la oscuridad del cuarto lo que me pareció una mujer meciéndose. No se veía su rostro porque estaba inclinada hacia delante, cubriendo tres bebés que parecía tener en brazos.

Enderezó su espalda despacio mientras uno de los bebés se agitaba bruscamente. Me di cuenta que no era un niño sino la cabeza de un apéndice del mismo ser que ahora que alzaba su rostro podía distinguir en su totalidad aunque confusamente, pues ella, aun sin levantarse de la silla, me estaba viendo, me miraba de tal forma que no pude percibir con detalle más allá de su rostro de demonio.

Tenía el cuerpo en efecto de mujer, pero estaba dotada de tres penes monstruosos, que en lugar de glande tenían el tronco y la cabeza de un bebé con la frente muy prominente. Sujetaba a uno del tronco y con éste golpeaba a los otros dos, mientras me miraba como una serpiente a un ratón con unos ojos desorbitados que expresaban, a parte de turbadora locura y extrema rabia, curiosidad al ver mi mente intacta y cierto escándalo, como si fuera inadmisible que se hubiera colado en ese cuarto alguien que mantuviera su cordura.

Yo, aterrorizado, desordenaba mis pensamientos, los hacía cachos pequeños y los dejaba pulular movidos por el terror, repitiéndome a mí mismo “deja de pensar” “deja de pensar”, hasta que hasta esa frase desapareció de mi mente, quedando sólo una angustia desoladora.

No sé como anduve hacia atrás hasta salir aterrorizado del cuarto, salí apenado por los habitantes de ese piso, con la certeza de que ellos no lo sabían pero estaban condenados y nada se podía hacer. Entré a mi casa con idea de despertar a todos y escapar.

En ese momento desperté, un poco apenado por no haber tenido el valor de enfrentarme a ese demonio y preguntándome si en efecto me habían puesto al inicio del sueño la corona.

Tengo idea de que esos seres ejercían su poder provocando la fuga de pánico en sus víctimas y que lo que creía en el sueño que era escapar era el efecto de su hechizo. También siento cierta culpabilidad hacia los más jóvenes, los vecinos, por abandonarlos y sólo poder ayudar a los míos en una huída dudosa, tal vez fruto del miedo que el poder ha sembrado en mí. Y sobre todas esas impresiones está el amargo recuerdo de esa terrible sensación de demencia.

Anuncios

~ por Kiko en 11 Ene 12.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s