El Vértigo

Evolución, progreso o desarrollo son consignas utilizadas por la propaganda desde antes de Darwin. Son conceptos que cobran sentido cuando se refieren a un proceso que es el que progresa, evoluciona o se desarrolla. ¿En qué dirección se progresa y qué sentido tiene ese desarrollo? ¿Qué es lo que se desarrolla? ¿Hacia qué evoluciona qué y por qué?

Los opresores promueven la mistificación de los procesos que eligen como abanderados de esas consignas. Deciden los criterios de la velocidad y aceleración de los cambios en estos procesos y educan nuestra percepción hasta atrofiar nuestro sentido del equilibrio. Nos enfrentan a una especie de monstruo abrumador que es mera cantidad, mera velocidad hasta hacernos sentir como encerrados en un tren de alta velocidad que desdibuja el paisaje y del que parece un suicido saltar. Construyen un sistema de referencia como construyen cárceles.

Por ejemplo, eligen una determinada técnica y unas unidades de velocidad en su progreso que la hacen progresar vertiginosamente. Los componentes electrónicos empequeñecen, la velocidad de procesamiento aumenta, alucinamos con el aumento de píxeles o megabites, como hace tres décadas alucinaban con los viajes espaciales.  Se nos condiciona para impresionarnos con esos cambios con el mismo método con el que se nos condiciona para angustiarnos con los cambios en la prima de riesgo o los aumentos de la temperatura de los océanos.

Nos sacuden el ánimo hasta que terminamos creyendo que sólo existe el devenir acelerativo de las cosas que se nos muestran y nos creemos defenestrados, pero el vértigo no es una caída sin fin sino mero mareo provocado al ser movidos por las arbitrariedades. Incluso nos incitan a fantasear con un colapso necesario, un impacto final del vertiginoso progreso arrastrándonos al nihilismo y la aceptación de nuestra indefensión y nuestra condición de objeto. Porque al menos desde Newton nos tratan como objetos pasivos sometidos a fuerzas externas, como proyectiles sin otro sentido que la inercia a la que hemos sido sometidos. Y todos estos procesos y sus explicaciones forman un eje de coordenadas que condiciona el discurso, que acota un espacio del que no podemos escapar.

Nos mienten y les discutimos con sus mentiras. Todo el discurso que rodea a nuestra opresión es una falacia. El poder no tiene explicación, no tiene motivación, no necesita una justificación para existir. Es difícil aceptar un maltrato caprichoso. A menudo se acaba mistificando la figura del agresor: como es difícil asumir la crueldad sin más, se trata de explicar el daño imaginando la agresión como un proceso lleno de motivaciones enrevesadas, de mecanismos poderosos y ocultos, suponiéndole al maltratador una inteligencia que no tiene, otorgándole a menudo una superioridad de la que carece. Hemos de aceptar la existencia de la crueldad del poder sin asumir su prepotencia. No hablo en absoluto de abandonar la búsqueda de estrategias o entendimiento sobre los procesos con los que nos someten. Se trata de evitar cosificar al poder dando a la explicación que nos permite entender como funciona éste primacía sobre el fenómeno en sí hasta deificarlo.

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~ por Kiko en 22 Mar 12.

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