La agitación paralítica

No es que no haya movimiento social por falta de información. Tampoco es por falta de conciencia de la masa ni es la falta de organización lo que inmoviliza a la gente. El adulto suele fingir que está siendo engañado cuando en realidad es un cómplice que se conforma con la supervivencia. El indigno siempre va de víctima, incluso cuando se convierte en verdugo.

La cobardía de los que fingen dedicación por los demás les inclina hacia la burocracia. Sólo desean ser élite y son los músicos que interpretan el engaño. Si el quid de la cuestión fuera la falta de información, o la falta de organización o de concienciación, ellos tendrían justificación de ser informando, organizando o concienciando. Y se dedican a eso, ellos tocan los instrumentos mientras otros bailan su sonsonete sin melodía.  Y la música dice: “indígnate, indígnate, indígnate”

El ciudadano medio, entumecido, necio -que necesita mucha sal en la comida, mucho contraste en la tele y que le enmarquen un paisaje para que lo contemple-, el que equipara “lo normal” con “lo bueno”, escucha esa música y se caga en ella, despotrica, sienta cátedra, desprecia y para mantener su farsa de alienadado, niega toda esperanza envenenando su corazón.  No les ocurre que no encuentren la forma de organizarse o no accedan a información para concienciarse. La música sirve en estos casos para reforzar su postura y hacer que odien.

Y el que no quiere ser un “agente”, el que no finge confundir el bien y el mal, a ese le dice la música de los profesionales de la contestación:  ¡Indígnate! ¡Indígnate! ¡Indígnate!
Pero ¿qué pasa cuando agitas a quien no tiene dónde ir? ¿Qué pasa cuando se le apremia a que se indigne a alguien que no tiene un problema de concienciación, que símplemente no sabe qué hacer o no puede hacer nada? Entonces viene la parálisis por agitación. Y en eso están. No es que la información o la organización sean malas en sí, pero necesitan contenido real. Han de servir a quien la recibe para organizarse o para informarse y no más bien al contrario, como ocurre ahora. Las manifestaciones, por ejemplo, son recreaciones inofensivas de revueltas de un pasado lo suficientemente oscurecido como para que ni siquiera sirvan para conectarnos con éste. Se manifiesta el descontento y se anda hasta cansarse. No es una reunión para otra cosa, no es una revuelta, es una mera expresión de nuestro malestar.

Y desde el poder alimentan la parálisis. Casi cada noticia está hecha para cabrearte. Te agitan como si fueras una gaseosa para que revientes, o para que pierdas el gas. Salen los putrefactos de turno y dicen o hacen la primera barbaridad que se les ocurre, eso suena como un cañonazo y luego el eco lo repite y todos lo comentan. Te enfurecen, y como no puedes hacer nada te queman; te queman y no has hecho nada. Incendios sin fuego. Antes había fuego, ahora no lo necesitan. Es una estrategia de cansancio preventivo.

Nuestra información debería ser útil, nuestra música, inspiradora. Desintoniza los canales de la televisión, si acaso mira titulares, pero no te preocupes, sabrás qué está haciendo el enemigo porque tal es la campaña de saturación que aunque no quieras escucharlo te llegará el eco de lamentos y te darás cuenta que estás tan “informado” como el que monta guardia delante del televisor.
Haz amigos de los que te puedas fiar, organiza algo que quieras organizar, informa y busca información que te enseñe, lee sobre qué hicieron otros antes que tú y cómo les salió.
Como hacen ahora los productores con películas comerciales, quieren hacer de nuestra vida un remake malo y sin el fuste de la original para evitar que algo se les salga del tiesto. No finjas desilusión tras la pantomima ni te lamentes por el poco resultado de ningún esfuerzo. No te conviertas en un propagandista del vacío. Cuando emprendas algo no olvides para qué lo emprendiste; que no te desanimen, que no te consuman. No caigas en la trampa de gastar tus energías en hacer eco de sus miserias, y si lo haces, no dejes que tu eco te arrebate la ilusión.

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~ por Kiko en 16 Nov 12.

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