La nube

•20 Ene 12 • 3 comentarios

La gente subsiste levantando su vivienda precaria en tierra de nadie y rápido crece la favela. La autoridad consiente y la represión es puntual limitándose a incursiones de castigo. Con aparente espontaneidad un espacio se puebla hasta el hacinamiento y se tolera porque es en realidad un gueto. Allí los que no tienen nada pueden mal que bien, vivir. Están apartados del resto de la ciudad por razones de higiene social. En la nueva barriada no hay agua corriente, no hay ley. La autoridad, con la excusa de hacer de ese caos un lugar habitable, pone, al fin, las tan reclamadas infraestructuras y se inventa unos juegos olímpicos o una campaña humanitaria para imponer su orden. Expulsa a los desheredados, encierra o asesina a los que se oponen. Nace un nuevo barrio que legislar, un nuevo territorio conquistado, pulcro, gobernable y libre de espontaneidad. Ese lugar no era para construir. Sin la favela el ayuntamiento nunca habría podido urbanizar ese espacio. Los supervivientes expulsados son arrastrados por la necesidad a la formación de un nuevo guetto y en otro sitio empieza la historia. Esta forma de poblamiento y urbanización, descrita por Mike Davis en su libro “Planeta de Cuidades Miseria” puede servirnos de metáfora sobre la formación de un territorio de gobernanza en el espacio virtual. Aquí se plantea la hipótesis de que los poderes fácticos están generando un nuevo espacio social en el que podrán gobernar con mucha mayor eficiencia, y que para hacerlo comenzaron con cierta permisividad, para que la gente se acomodara huyendo del desierto cultural y la soledad alienada del consumismo. Ahora que ese espacio virtual forma parte de nuestro espacio vital, es el momento de imponer su proyecto. En el fondo es mero urbanismo pero de un espacio simbólico hecho de imágenes y conceptos.
En el pasado siglo, el siglo del consumismo, la gestión de la propiedad y del deseo a través de herramientas como el marketing dio lugar a una forma de dominio basada en la insatisfacción. La obsolescencia programada, ya sea a través de la caducidad del objeto, ya sea por desfase o por moda, sirvió para convertir al propietario en usuario. Usuario de bienes caducos que tenía que actualizar el pago para garantizar su posesión. El consumismo se instauró de forma “positiva”, eran cosas deseables, muchas de ellas superfluas. Se convirtió en un modo de vida en países llamados desarrollados porque en ellos el capitalismo era avanzado. La gente era infeliz o se sentía sola en una maraña de objetos que la definía. Ser era tener para el ciudadano integrado de antes de “la crisis”.
Entonces, cuando la propiedad había alcanzado tal poder simbólico que se consumía su imagen –véanse las marcas comerciales como nike- comenzó una nueva vuelta de tuerca en la que la vida social se realizaría en un mundo de imágenes. Ese nuevo territorio, lo virtual, empezó a ser ocupado con la permisividad del poder y la participación de algunas de las empresas multinacionales que lo forman, no por falta de visión o por falta de capacidad, sino como parte de un proyecto.
Distinguir dos bandos es útil para preveer acontecimientos. De un lado los que construyen desinteresadamente Internet como territorio de libertad, compartiendo su conocimiento e implementando y usando la red como plataformas de encuentro y colaboración espontánea. Un espacio de creatividad abierto, un nuevo mundo infinito en el que pueden macerar los proyectos y las ideas, una herramienta revolucionaria de transformación del mundo a la vez de un mundo en sí mismo, para este bando red significa conexión, sintonía, colectivismo sin pérdida de individualidad, una especie de revolución cultural con un amplio componente lúdico.
Para el otro bando la Red es eso, una red. Es un espacio donde es posible el espionaje automático y la ingeniería social fina a través del seguimiento en tiempo real del comportamiento y el pensamiento de todos y cada uno de los que entren en él. Este control se puede realizar sin apenas mediadores humanos, ganando eficiencia y efectividad, con robots programables, sin humanidad. Pero esto no es lo más importante: imponiendo su ley en el espacio de la Red, quien controla el espacio controla el movimiento de quien lo puebla. Pueden moldear con sutileza el comportamiento de la gente, ya no como masas sino a nivel individual e íntimo. Lo que han aprendido con el marketing –la manipulación de masas- pueden aplicarlo individualmente, y no sólo en contenidos que pueden promocionar desde los medios de comunicación de masas, sino mediante el control mismo de las formas de relación y de la formación de grupos. La página de Facebook, por ejemplo, impone una forma de hacer vida social egóica y superflua, de seguidores. Genera un sesgo en la forma de conocer el mundo y relacionarse en el que el mapa ocupa el lugar del territorio, desde su misma arquitectura simbólica, sitios como éste modifican la concepción del mundo y la forma de relacionarse de millones de personas.
Se puede ver cada paso de evolución del mundo virtual como una partida de ajedrez más o menos consciente entre éstos bandos en la que sacrificar una pieza puede ser vital para ganar la partida. Por ejemplo, a la red 2.0 se le contrapuso la cultura de la adscripción. De blogs con contenido e interés común, de comunidades creativas, la tendencia cambió a la medición de cantidad de seguidores y en campañas puntuales, la adscripción sin acción ni reflexión conduce a la mera opinión. El buen jugador de ajedrez prevé movimientos y piensa estrategias, ha de tener en cuenta las trampas e inventar, hay que inventar.
Hay una batalla en marcha y no soy en absoluto pesimista, la gente tiende a asilvestrarse cuando se le deja en paz. Pero hemos de tener en cuenta el proyecto distópico del poder a la hora de dejarnos llevar por presuntas revoluciones que pueden funcionar como una trampa. Lo que llaman la nube es un ejemplo.
Cuando era chaval creía que el sistema de explotación acelerativa del capitalismo colapsaría necesariamente por falta de recursos materiales. Entonces vi nacer ante mis ojos el mundo de lo virtual. Los juegos de ordenador antes disfrutados por una minoría tachada de infantiloide pasaron poco a poco a ocupar el tiempo libre de los ciudadanos integrados que usaban la consola como la ropa deportiva o el perro, “porque era lo normal”. Y los mismos que en su día creían que Internet era de tíos raros ahora actualizan apresuradamente su cuenta de Facebook para enseñar las fotos de su último viaje. La industria del videojuego sobrepasó el cine. La conexión a Internet y la propiedad de consolas y videojuegos, móviles, conexión telefónica, etc, cuestan muchos recursos. Tanto como la luz o el agua. Y con el tiempo se hace tan necesaria como éstas. Eso no es una revolución cultural, es una evolución del capitalismo solucionando el problema de los recursos limitados. Ahora puede seguir girando la rueda sin gastar más materias primas que unos cuantos programadores mal pagados y algunos ordenadores. Y ese es el post-consumismo de los países post-desarrollados: trabajar por un sueldo de mierda a cambio de unas líneas de código y conexión a Internet, o el derecho a ver un canal de la televisión, o un teléfono con más megas de velocidad. ¡Se ve normal pagar por velocidad de transferencia de la información! De pagar por caprichos hemos pasado a pagar por facturas sin nada tangible a nuestro alrededor.
El siguiente paso es la nube. No tener nada de información en la terminal propia sino en el éter del ciberespacio. Si la nube se instaura se dará la circunstancia que el FBI –como ha pasado hoy con los usuarios de Megaupload- pueda dejarnos sin memoria. Sin fotos, ni juegos, ni este texto, por ejemplo. Podrán quemar millones de libros con un click, como pasó a Amazon cuando retiró de todas las terminales de su Klinde todos los ejemplares de “1984”. El suceso de hoy delata las debilidades de nuestro bando. No poder hacer nada sin la mediación de una multinacional de las comunicaciones es una de ellas. Otra es la de no construir una cultura que de verdad esté al margen del poder. Internet es en gran parte un altavoz de los poderes fácticos que siguen teniendo gran parte de la iniciativa sobre la que sólo se puede reaccionar.

El bando humano no es para nada pasivo. Inventa y lo hace con un poder que impresiona, pero ha de cuidarse de regalos envenedados y tomar la iniciativa.

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La corona

•11 Ene 12 • Dejar un comentario

Anoche soñé:

Estaba sentado en un banco corrido, algo parecido a unos vestuarios. Éramos una hilera de gente. Una voz marcial dio la orden:

– Pónganles la corona de …

Tenía nombre propio, tal vez el de su inventor, pero no lo recuerdo. Era un objeto que se clavaba en la cabeza provocando un estado de obnubilación que hacía imposible cualquier actividad consciente y cualquier pensamiento o sentimiento coherente. No sé cómo pero nos librábamos de que nos la implantaran, al menos eso creí yo.

Una mañana estábamos desbrozando un parque de pinos descuidado, donde habían crecido largas hierbas. Todo estaba en condiciones de semiabandono. Éramos un grupo de unos diez y ve vestíamos con un mono de uniforme. La gente tenía rasgos orientales, era un tiempo futuro a éste y la ciudad la misma en la que vivo, pero la sociedad se había vuelto más agrícola, la economía era más de subsistencia. Sobrevivíamos en calles desérticas, transitadas esporádicamente por otros como nosotros que vagaban por las calles sin voluntad, como los zombis haitianos.

Se nos acercaron dos seres de facciones humanas con un uniforme distinto, más tradicional, tal vez de tipo samurai. Si fijaban su atención en ti podían ver tus pensamientos y cuando descubrían una mente consciente la destruían. Imponiendo su mirada te enloquecían convirtiéndote en un ser pasivo y dócil, una mezcla entre un zombi y un lobotomizado. Ante su presencia tenías que dejar de pensar. Era algo así como desmembrar tus pensamientos hasta dejar una especie de masa amorfa y seguir con el trabajo. Lo hice y era muy desagradable. Es importante destacar que ese estado de la mente no tiene nada que ver con el vacío de los pensamientos de la meditación o la aniquilación del ego de la iluminación. Era más bien lo contrario: rechazar la sustancia de la mente para dejar sólo la cáscara, eliminar la melodía prestando toda la atención al ruido. Alcanzar ese estado provocaba mucha angustia. Lo hicimos y los comisarios pasaron de largo.

Luego descansábamos en mi casa, la misma en la que vivo, en ella convivíamos hacinados una docena de personas o así. Yo ocupaba la misma habitación en la que duermo. Me despertaba con la sensación de que algo malo estaba ocurriendo en la casa de los vecinos. Sigilosamente, fui a ver lo que ocurría, con intención de ayudarles.

La puerta de entrada, como era habitual en el mundo de este sueño, estaba abierta. En el salón dormitaban dos o tres vecinas muy jóvenes y les tenía cariño, me provocaban ternura paternal, como suele ocurrirme con los chicos a los que atiendo en mi trabajo. Seguí mi camino sin que ellas apenas repararan en mí.

Del dormitorio salía el llanto de un niño. Abrí la puerta despacio y distinguí en la oscuridad del cuarto lo que me pareció una mujer meciéndose. No se veía su rostro porque estaba inclinada hacia delante, cubriendo tres bebés que parecía tener en brazos.

Enderezó su espalda despacio mientras uno de los bebés se agitaba bruscamente. Me di cuenta que no era un niño sino la cabeza de un apéndice del mismo ser que ahora que alzaba su rostro podía distinguir en su totalidad aunque confusamente, pues ella, aun sin levantarse de la silla, me estaba viendo, me miraba de tal forma que no pude percibir con detalle más allá de su rostro de demonio.

Tenía el cuerpo en efecto de mujer, pero estaba dotada de tres penes monstruosos, que en lugar de glande tenían el tronco y la cabeza de un bebé con la frente muy prominente. Sujetaba a uno del tronco y con éste golpeaba a los otros dos, mientras me miraba como una serpiente a un ratón con unos ojos desorbitados que expresaban, a parte de turbadora locura y extrema rabia, curiosidad al ver mi mente intacta y cierto escándalo, como si fuera inadmisible que se hubiera colado en ese cuarto alguien que mantuviera su cordura.

Yo, aterrorizado, desordenaba mis pensamientos, los hacía cachos pequeños y los dejaba pulular movidos por el terror, repitiéndome a mí mismo “deja de pensar” “deja de pensar”, hasta que hasta esa frase desapareció de mi mente, quedando sólo una angustia desoladora.

No sé como anduve hacia atrás hasta salir aterrorizado del cuarto, salí apenado por los habitantes de ese piso, con la certeza de que ellos no lo sabían pero estaban condenados y nada se podía hacer. Entré a mi casa con idea de despertar a todos y escapar.

En ese momento desperté, un poco apenado por no haber tenido el valor de enfrentarme a ese demonio y preguntándome si en efecto me habían puesto al inicio del sueño la corona.

Tengo idea de que esos seres ejercían su poder provocando la fuga de pánico en sus víctimas y que lo que creía en el sueño que era escapar era el efecto de su hechizo. También siento cierta culpabilidad hacia los más jóvenes, los vecinos, por abandonarlos y sólo poder ayudar a los míos en una huída dudosa, tal vez fruto del miedo que el poder ha sembrado en mí. Y sobre todas esas impresiones está el amargo recuerdo de esa terrible sensación de demencia.

Cat Power

•2 Ene 12 • Dejar un comentario

La Sinfonía Catatónica

•23 Sep 11 • Dejar un comentario



Cien, ¿qué digo?, ¿100? Más de cien desfigurados hacían temblar la luz a cada gesto de la orquesta catatónica. Estallaban en silencio en movimientos lentos, violentos. Nerviosos. En un caos agarrotado hasta una impostura común. Idéntica. Y luego otra.
Idéntica.

Yo grité y no pude articular palabra. Señalando al director de esa orquesta grotesca.
Que marcaba el compás de un ritmo mimético. Era un ser de espejos compuestos, como los ojos de una mosca. Si le ves, él te ve mil veces.
Tan aterrorizado estaba yo que no pudo salir de mí más que 1 grito
en el que se descomponían 2 gritos
y así una sucesión de miedos cadavéricos. Hasta convertirme en mera expresión desalmada.

Y me doy cuenta que no estoy fuera.
Que estoy dentro. En un coro histérico que señala y grita. Según una escala que crece con cada darse cuenta. Hasta caer en el terror de esta sinfonía patética.
Y el ridículo de haberme enredado en la maraña trasforma mi grito en un susurro, que es el siguiente son de la melodía.

Y entonces te veo, en medio de la batalla. Señalando la salida, y todos menos yo fingen no escucharte. Sabes que mantendrían la farsa hasta hacer tu grito sordo para no tener que oírlo. Y quisiera protegerte de las máscaras del miedo tras las que se mienten los músicos que olvidaron su cara, mientras deslizan el arco de sus entrañas sobre la niebla, interpretando una introducción al Cuarenta Mil Movimiento de la “Historia”.

Gritas: “¡basta!”
Y la sinfonía intenta rodearte. Tú siempre has sido la persona de la multitud que al fin grita:

“¡Basta!”
Y la multitud te rodea tratando taparte la boca.

“¡Basta!” Y sube el volumen del chirrido para hacerte daño y que cantes en el coro de la desesperanza.

Quisiera protegerte de la terrorífica música, del insoportable zumbido que hacen las alas de los ángeles cuando caen. Del mal, sí, del Mal. Y me doy cuenta que sigo coreando la música patética. Que tu molestia es la del jinete que espera. Que tu grito no es un lamento, es una llamada a la guerra.

¿Qué hacer?

•22 Sep 11 • Dejar un comentario

¿Qué hacer?

Algo hay que hacer pero ¿qué?

Todos se asustan cuando los titulares anuncian la miseria. Se escucha el resonar de sus cascos, imaginamos la guadaña. Dicen que no hay futuro, que no hay futuro, que no hay futuro,… que viene la miseria. Se escuchan los lloros de los hijos que no hemos tenido, lloran de hambre y nosotros ¿de qué lloramos nosotros? De miedo.

Pero lo que viene no es la miseria, en todo caso, la pobreza, pero la miseria ya estaba aquí, bien instalada, pudriendo los corazones de la gente con cada falsa decisión. La sensación ante la amenaza que nos ronda no es de desposesión, ni siquiera de desilusión. Es una toma de conciencia de nuestra miseria, de nuestra condición de vendidos. Vendidos por nuestros padres: desposeídos, hijos de desposeídos. No nos quitan algo nuestro, sólo nos apartan el hueso de la boca. Y eso da rabia. No es furia siquiera, es pánico por no saber qué hará el amo. Cuando éste saca el palo es más difícil engañarse a uno mismo que cuando saca el hueso. Y es muy frustrante saberse un desgraciado sometido a la arbitrariedad de unas fuerzas que no conoce. Uno se siente indefenso. El amo ha apartado el hueso para esgrimir el palo. ¿A qué nuevo redil nos dirige? Ese es el miedo. Deificado el poder, sus designios son como el destino.

Se respira el desasosiego. Ahora se hace evidente, más que nunca, que la mansedumbre no es suficiente para evitar el castigo. Aprovechar el paro para formarse en espera de retomar la senda del trabajador cualificado se ha convertido en un ritual inútil porque el estado del bienestar ha muerto y su medicina ya no funciona. Llevamos mucho tiempo con las anteojeras puestas. Convertidos en mansos por siglos de selección artificial del más sumiso. Cada generación mata a la siguiente con su inercia, sacrificando a sus hijos al dios que toca. Los futuros padres esperan con verdadera desesperación ser instruidos sobre los rituales que inculcar a su prole, y no reciben respuesta.

El artificio que retrataba el devenir de la humanidad con el traje del progreso, la necesidad, y el consenso, el hechizo que conseguía que el esclavo condenado por la falta de alternativa se sometiera a la robotización con tal no caer en la desesperación de sentirse animal de granja, ha perdido calidad. Los robots no son felices, nunca lo fueron, pero ahora no pueden fingir que lo son. Las justificaciones que excusaban su devenir, las falacias que justificaban su cobardía, las explicaciones paralelas que daban sentido a una vida sin sentido ya no cubren como antes el grito de fondo que siempre resuena en quien tiene el valor de pararse a escuchar. Ahora la cabeza del obrero decapitado, repite desesperadamente que al Dinero no le conviene que no podamos consumir y que la pobreza no genera progreso. Se llega a acusar, fantaseando con una era dorada, una especie de utopía fordiana de consumo a raudales, de haber vivido por encima de sus posibilidades. Ruega que se le dictamine sentencia, quiere saber qué tiene que pagar para volver al sueño y acabar con la incertidumbre. Mientras, su cuerpo sin cabeza corre desesperado sin saber qué hacer.

El Reich del control por el deseo, de la gestión de angustia, de la soledad, está hecho para durar mil años. Los deprimidos, los adictos, los dementes podrían seguir llenando las consultas de los médicos, caros o baratos según su nivel adquisitivo. Los triunfadores podrían seguir muriendo en accidentes de coche, o en habitaciones de hospital con cuarto de invitados. Los acomodados podrían seguir esclavizándose para pagarse un guetto con hilo musical o para ir a morir a un asilo decente. Los demás, la inmensa mayoría, podría haber seguido esforzándose para conseguir lo deseable, para cumplir con lo que se espera de ellos. Había una pastilla para cada uno. Una mentira para cada día. Un hambre sin colmo, una desazón sin consuelo. Pero parece que han decidido que no hace falta tanto empeño. Que estamos lo bastante domesticados para retirar el hueso. Con una generación endeudada no hace falta el consumismo: puede sustituirse a El Corte Inglés por el todo a cien y la Guía Michelín por las ofertas por Internet. El mundo es grande así que ¿por qué no bajarnos de categoría de AAA+ a “Tercer Mundo”. ¿Hay alguna diferencia fundamental entre un informático hindú y uno español? Los que nos gobiernan siguen la senda de la asociación, ahora seguimos la sombra del hueso. Economizan gastos que se han vuelto superfluos y la comodidad para aplacar a las masas ya no es necesaria. La represión sin redistribución de la riqueza se ha vuelto rentable. Han llegado a la conclusión de que nuestra generación aquí puede ser gobernada sin terrones de azúcar.

Si esa inercia continúa nos tocará sobrevivir entre las ruinas de los juguetes con que sometieron a nuestros padres. Quien quiera seguir engañándose lo hará viviendo una parodia de una parodia. Su nivel de patetismo aumentará, su impostura será mayor. Se le exigirá más por menos. El mundo será más ingrato para el que aspire a ser un ciudadano integrado. Tal vez no sea más grato para el que no pretenda eso, pero se abre más la senda que te saca de la rueda.

Llegó la hora de que se asilvestre el ganado. Es el momento de la inutilidad, de la incombustibilidad, del no servir. El perro no es nadie sin el amo pero el amo no es nadie sin el perro. Podremos quemar las basuras del sistema pero si sólo somos una réplica de él, nuestra revolución sólo habrá sido su reciclaje. Estamos en un terreno escurridizo y tenemos que buscar como un zahorí lo que resuene en nuestro corazón para avivar con ello el fuego de nuestro espíritu. Y después, con ese fuego, hemos de arrasar lo que está muerto. De esas cenizas rebrotará la humanidad, que nunca había desaparecido, por mucho que la hubieran podado, sus raíces son más profundas que la historia que nos han enseñado. No será la primera vez que un imperio que se pretende eterno cae en el olvido.

Pero por el simple hecho de ladrar un perro no es un lobo, ni siquiera por morder. Un lobo no necesita al amo. El camino para recuperar nuestra libertad pasa por poder verla. Asilvestrarse, hacerse el muerto, el atado, ladrando cuando quiera, comiendo basura si es necesario, alguna presa si las condiciones le son favorables, sabiendo que podemos ser lobos aunque vivamos como perros porque no nos dejan. Rehaciendo manadas, despreciando al poder en lugar de mistificándolo, huyendo hacia adentro de uno y de los suyos para volver, cada vez, más conscientes y dueños de nosotros mismos.

La vida como McGuffin

•22 Dic 10 • Dejar un comentario

Copio de la Wikipedia:

“Un Macguffin (también MacGuffin, McGuffin o Maguffin) es un elemento de suspense que hace que los personajes avancen en la trama, pero que no tiene mayor relevancia en la trama en sí. MacGuffin es una expresión acuñada por Alfred Hitchcock y que designa a una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma.”

¿Y si la vida moderna fuera un McGuffin, una simple excusa argumental sin relevancia que motiva a los personajes en el desarrollo de la historia y que en realidad carece de sentido por sí misma?

Al final, el McGuffin cae desvelando su papel auxiliar y la verdadera trama recupera la atención perdida. ¿Sirvió el artificio como impulso a que los personajes hicieran una gran historia? ¿O en cambio, el espectador observó aterrado que la historia estaba vacía y su tiempo perdido?

Quién

•17 Dic 10 • Dejar un comentario

El gigante era tuerto
y su ojo era el sol,
y su hueco mi anhelo.
Sostenía un espejo
que puso frente a su faz
asombrada: ¿Quién eres tú?
Se preguntó.
Del rayo, del fuego,
de la espuma del mar,
del hielo derretido,
del ramo marchito,
del despertar.

El gigante era tuerto
y en la cuenca de su ojo
habitaba una serpiente.
Se miró en el espejo,
de rayo, de fuego
de hielo derretido.
¿Quién preguntaba?
¿Era la serpiente?
¿Era el gigante?
¿Era el espejo?